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Reflexiones que nos dejan las protestas antirracistas, según Marta del Vado

Foto: Unplash

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Por Marta del Vado

Cientos de miles de personas, en más de 700 ciudades de Estados Unidos, han inundado calles y plazas para protestar contra el racismo y la violencia policial tras el asesinato de George Floyd, el pasado 25 de mayo. Un nuevo episodio en el que un policía blanco mata a un hombre negro, desarmado, desata la mayor movilización social en más de medio siglo.

“Say their names”

El asesinato de George Floyd ha dado la vuelta al mundo por el vídeo que grabó una viandante y publicó en redes sociales. Todos hemos visto cómo un policía ahogaba a Floyd con la rodilla, durante ocho minutos y 46 segundos, hasta matarlo. La rabia y la indignación han provocado el mayor movimiento contra la violencia policial, racista y sistémica, desde la década de los 60.

En las protestas se grita el nombre de la víctima. “What’s his name?”, dice la voz cantante. “George Floyd”, repite la multitud. Y cuando esto pasa, siguen con la lista. La macabra lista de afroamericanos asesinados por policías: “Breonna Taylor”, dice un líder, “say their names”, contesta el resto. “Eric Garner”, “say their names”. “Trayvor Martin”, “say their names”. Decid sus nombres. Charles Kinsey. Anton Sterling. Jamar Clark. Tamir Rice. Michael Brown. Jordan Davis…

El asesinato de Floyd no es un hecho racista aislado y es necesario entenderlo para explicar qué hay detrás de la indignación y la rabia de miles de manifestantes. A los asesinatos de personas desarmadas hay que sumarle la militarización de la policía y su entrenamiento, enfocado en el uso de la fuerza; las diferentes políticas públicas que han tenido como resultado la criminalización de las minorías étnicas desde hace décadas (como la “guerra contra las drogas” o la “guerra contra el terror”); y el sistema judicial y el encarcelamiento masivo que hace que Estados Unidos, que tiene el 5% de la población mundial, tenga en la cárcel al 25% de los reclusos de todo el mundo. En este país casi el 40% de los presos son afroamericanos, a pesar de que representan menos del 13% de la población.

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El miedo, la discriminación y las agresiones hacia la población negra existen en pleno siglo XXI, en el país que se dice “de la igualdad y las libertades”. En las manifestaciones, la gente se pregunta “¿Cuántas muertes no han sido filmadas?”, “¿Seré yo el siguiente?”.

“Vote!”

Eric Garner fue asesinado por un policía blanco, en julio de 2014, en Nueva York. Una grabación muestra cómo Garner está reducido en el suelo por, al menos, tres agentes y uno de ellos le estrangula con el brazo. Las últimas palabras que pronuncia el hombre son “I can’t breath”, (no puedo respirar), exactamente las mismas que dijo George Floyd mientras un policía le asfixia con la rodilla.

Fue hace solo seis años, el contexto de violencia policial y racismo sistémico era el mismo, pero la indignación no se extendió entonces por otros estados; mucho menos por otros países y otros continentes. Hay algo, por tanto, que prende la mecha en el caso Floyd que hace que las manifestaciones estallen en Estados Unidos y en diferentes partes del planeta.

Tener a un presidente como Donald Trump que niega la violencia policial y el racismo sistémico; que desprecia, insulta y criminaliza a los manifestantes, que moviliza a miles de militares y promueve el uso de la fuerza para disolver protestas pacíficas ha sido, sin duda, un catalizador de la protesta social.

Es fundamental para un periodista tener en cuenta el contexto en el que ocurre este movimiento. Las elecciones presidenciales se celebrarán en menos de cinco meses, el 3 de noviembre, y manejar el discurso de la opinión pública es necesario para quienes quieren sacar algún rédito de esta coyuntura.

El presidente califica a los manifestantes de “matones”, “radicales”, “saqueadores” y “anarquistas” e intenta vincularlos al Partido Demócrata. Los manifestantes piden participación electoral e instalan en las marchas mesas para el registro de voto. Otro de los lemas recurrentes: “Vote!” o “Vote him out”, para sacar a Trump de la Casa Blanca.

Lo mismo está pasando a nivel estatal y local. Los manifestantes piden reformas políticas para cambiar el sistema; recortes en el presupuesto de los departamentos de policía (“Defund the police”), para reinvertirlo en los barrios más desfavorecidos; la prohibición de técnicas de estrangulamiento, entre otras medidas, para reducir la violencia policial; o establecer mecanismos dentro del sistema policial que garanticen la rendición de cuentas para acabar con la impunidad de quienes ejercen la violencia innecesariamente.

We see you. We hear you. We stand with you.

Entre las miles de pancartas y carteles de las protestas contra el racismo y la violencia policial hay una que se repite y que solo llevan manifestantes blancos. “Os vemos. Os oímos. Estamos con vosotros”. Han pasado 54 años desde que en EE.UU. se aprobó la Ley de los Derechos Civiles y 155 desde que se abolió la esclavitud pero no ha sido suficiente tiempo para que la mayoría (blanca) de este país entienda que existe una discriminación racista y sistémica.

Marchar con esa pancarta es toda una declaración de intenciones. Es el reconocimiento del privilegio de los blancos sólo por el mero hecho de serlo. La consciencia de que existe ese privilegio, en pleno siglo XXI, implica admitir la injusticia y la desigualdad que, en ocasiones, atentan contra el principal derecho fundamental: el derecho a la vida.

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He visto cómo en mi país de origen (España), periodistas, tertulianos, asesores políticos y demás opinadores, profesionales y amateurs, se indignan porque hayan llegado hasta allí las protestas contra el racismo tras el asesinato de George Floyd, negando que en España exista un racismo sistémico. Todas estas opiniones, claro, son de la mayoría blanca, que perpetúa su privilegio sin mirar, sin escuchar, a los discriminados.

En momentos de conflictos social que impactan a un país entero, donde tantos actores interpretan los hechos en tiempo real; a cinco meses de unas elecciones presidenciales cuyo resultado tiene consecuencias mundiales, con los intentos de manipulación que una coyuntura así conlleva; es más necesario que nunca que los reporteros que cubran este movimiento se apliquen la máxima de esa pancarta: observen, escuchen y acompañen, para entender lo que está pasando en las calles.

Sobre Marta del Vado

Marta del Vado (España) ha trabajado en el equipo humanitario de Oxfam en Latinoamérica y el Caribe y ha sido corresponsal en la sede de Naciones Unidas en Ginebra. Actualmente es reportera corresponsal en Washington de la Cadena SER, la principal radio informativa de España. Ganó el Premio Nuevo Periodismo Cemex-FNPI en 2009 en la categoría Radio. Con la Fundación Gabo ha trabajado en seminarios sobre cómo cubrir derechos humanos.

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