Noticias


Jorge Ramos, el inmigrante preguntón

25 Julio, 2017
JR3.-Crédito-Gentileza-de-TED-www.ted_.com-bajo-licencia-de-Creative-Commons-1-1200x800.jpg

Foto: Gentileza de TED bajo licencia de Creative Commons.

Como parte de la programación del Festival Gabo, Jorge Ramos, ganador del Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo, conversará con Rosental Alves, miembro del Consejo Rector de la FNPI, y María Elvira Arango, directora del programa Los Informantes. La charla Desobedezcan, siempre desobedezcan tendrá lugar el viernes 29 de septiembre a las 12 p.m. en el Jardín Botánico de Medellín. Conoce aquí toda la programación del Festival Gabo.

Lee el perfil del ganador:

Jorge Ramos, el inmigrante preguntón

Por: Laura Weffer Cifuentes/ FNPI.

El intento de asesinato de Ronald Reagan le cambió para siempre la vida a Jorge Ramos. Antes del 30 de marzo de 1981 él creía que quería ser psicoanalista, futbolista o en última instancia, político. Creía que esas disciplinas saciarían su curiosidad por el otro y su fascinación por el poder. Sin embargo, un giro del destino le mostró cuál era su verdadera pasión. Lee el anuncio del ganador.

“En este tiempo trabajaba en la radio. Ese día habían intentado matar al presidente de los Estados Unidos y el director de la estación se paró en la mitad de la redacción y preguntó quién hablaba inglés. Algunos pocos levantamos la mano. Luego preguntó quién tenía un pasaporte vigente y el único que quedó con la mano arriba fui yo. Entonces, de una vez y sin miramientos, me enviaron a hacer la cobertura del evento a Washington D.C. Imagínate, yo que nunca había salido a reportear”. El joven, que luego se convertiría en el reportero por excelencia, acababa de cumplir 23 años. Lee el acta que elige a Jorge Ramos ganador del Reconocimiento a la Excelencia.

A partir de ese momento quedó prendado del que Gabriel García Márquez calificó “el mejor oficio del mundo” a tal punto que su identidad, su marca personal, está definida por dos factores: el ser periodista y el ser inmigrante. Lo repite hasta el cansancio, en esas dos palabras se concentra la esencia de Jorge Ramos.

Su reconocimiento internacional se acrecentó luego de que Donald Trump lo echara, con unos funcionarios de seguridad, de una rueda de prensa que ofrecía en Iowa. No respetó el orden de palabra, nadie lo llamó. Simplemente se puso en pie y empezó a preguntar. Pero si vamos a ver, eso es lo que hace Ramos todo el tiempo. Pregunta, repregunta, encara, no titubea y no se detiene hasta obtener respuesta. Hay quienes lo acusan de ser un “junkie” del conflicto.

En cualquier caso, para los periodistas, esa conferencia hubiera sido otra aburrida oportunidad para que el hombre de las manos extrañas ofreciera su muro y sus restricciones a los latinos. Pero Jorge se encargó de hacer escuchar su voz, que en realidad es la misma de todos aquellos que tuvieron que dejarlo todo con el sueño de encontrar algo, por mínimo que fuera.

Rompiendo el cascarón

El nido de los recuerdos está en la ciudad de México. La casa donde creció. El cobijo de la nostalgia y de los olores. Un recuento de memorias que guarda en el mismo rincón en el que dejó el equipaje, con el que salió a recorrer mundo cuando decidió que la autoridad lo asfixiaba. Esa casa, ubicada en una urbanización de clase media, es el mismo espacio en el que descubrió que su padre era desdichado porque no pudo ser todo lo mago que quería. Arquitecto de profesión, su verdadera pasión era hacer trucos a lo Houdini.

“Mi papá debió dedicarse a la magia y yo aprendí de eso. Crecí con un papá que no era un ser muy feliz. Que estaba angustiado”. Cuando pronuncia la palabra “angustiado”, la segunda “a” se alarga, se queda colgada. Se quiebra un poco. Es un instante, casi imperceptible. Pero como experimentado hombre de televisión, se recompone de inmediato. Intacto prosigue su relato.

Viene de una casa en la que se escuchaba mucho, se hablaba poco y se celebraba nada. “El otro día le preguntaba a mi mamá por qué no había fiestas en mi casa. Y me dijo una frase demoledora: es que no había dinero para eso”. Es el mayor de cinco hermanos: cuatro varones y una hembra; todos se llevan un año de diferencia. “Entendimos pronto que la felicidad no era bailar, no para nosotros”.

Ni siquiera porque el propio Luis Fonsi intentara enseñarle al ritmo de Despacito. Su cuerpo se resiste. Siempre recto, con la espalda como una flecha, solo se inclina cuando está haciendo una entrevista. Sentado, se concentra en su interlocutor, lo mira fijamente e intenta acercarse para crear un ambiente tan íntimo que el resto del mundo parece desaparecer. La máxima extravagancia que se permite con músculos, tendones y huesos es jugar fútbol los sábados.

Cuando decidió dedicarse al periodismo, lo hizo en contra de los deseos familiares que esperaban que fuera abogado, ingeniero, arquitecto o médico. La figura paterna aparece de nuevo en la conversación. Forma parte de una tríada autoritaria que marcó la ruta de sus decisiones: su padre, la escuela católica y el estado. Cada una en su dimensión doméstica, religiosa y colectiva le mostró las bondades de la libertad y del respeto de los derechos del otro. Y le hizo contraatacar cualquier gesto que tuviera un tufillo autocrático.

-¿Su padre vivió para ver su éxito?

-Sí, hicimos las paces vía satélite. Veía todas las noches el noticiero en el que yo aparecía. Cuando lo llamaba para preguntarle a ver qué le había parecido tal o cual noticia, me respondía: yo no estaba viendo el programa, te estaba viendo a ti.

La importancia del nombre 

Su casa está en Miami. La ciudad en la que vive desde hace 28 años. Donde está su oficina, su historia, su ascenso, su reconocimiento. Su zona de confort. Es el lugar en el que se ha labrado la “fama”.

Metódico y organizado. Así lo describe su compañera de noticiero durante más de dos décadas, María Elena Salinas. “Vi cómo fue creciendo, cómo se fue abriendo camino, cómo fue formando su estilo. Antes compartíamos oficina -dice desde un espacio conquistado únicamente para ella-. Lo escuchaba cuando llamaba a los medios y ofrecía su columna de opinión gratis y les decía a los editores que la tomaran y que, si les gustaba, luego hablarían de negocios. Diría que Jorge es muy organizado, muy formal y sobre todo, muy disciplinado”.

Su asistente personal desde hace año y medio, Andrés Echevarría, se muestra más que satisfecho de apoyar a Ramos, aunque admite que se cansa solo de anotar en la agenda la cantidad de compromisos que tiene su jefe. “Para hacer la mitad de las cosas que él hace, yo necesitaría un clon”, dice el joven desde las oficinas de Univision, el canal que es la plataforma a través de la que Jorge, desde 1986, se dirige a la comunidad latina.

“Lamentablemente tengo una deformación profesional y es que le hablo a las cámaras. A eso me he acostumbrado a lo largo de estos años”. Durante la transmisión del noticiero estelar, de su programa semanal Al punto o de Fusion America no piensa en las 15 millones de personas que lo están viendo. Piensa en que le está reportando a una máquina.

En 2010, Newsweek lo incluyó en su lista de los 50 más poderosos; fue uno de los 100 latinos de mayor influencia en Norteamérica según People en español y la revista TIME lo puso en la portada de la edición con las 100 personas más influyentes del mundo. Además, escribe una columna semanal en más de 40 diarios del hemisferio -que distribuye The New York Times Syndicate- y ha escrito 12 libros. Ofrece charlas en universidades, también incursionó en el mundo de las conferencias TED y su vida transcurre con la misma naturalidad entre cubrir una operación de cerebro, cruzar el Río Grande y entrevistar al cantante de reguetón ‘Pitbull’.

-¿Cómo puede ser contrapoder si usted es poder?

-Me gusta pensar en mí mismo como contrapoder.

-Pero es innegable su influencia, su fama, su poder ¿para qué sirve?

-Para tener visibilidad y acceso al poder, es la posibilidad de hablar con los que cambian al mundo.

Trashumante empedernido

Cuenta una leyenda que, en tiempos inmemoriales, apareció un gran banco de peces koi, coloridos y testarudos, nadando contra el cauce del río Amarillo de China. El sonido del chapoteo alertó a los monstruos cercanos que aumentaron la altura de una cascada de agua que les impedía seguir adelante, hasta hacerla prácticamente infranqueable. Pero tercos, siguieron intentando durante 100 años. Hasta que un día, uno logró saltar y superar el obstáculo. ¿La recompensa? Convertirse en dragón. Jorge Ramos es él.

Durante años, durante su vida, ha buscado un lugar. Lo ha encontrado -en parte- bajo el rótulo imborrable de inmigrante.

-¿Después de tantos años, tantísimos años, todavía se siente inmigrante?

-No me siento, lo soy.

Pero esa exploración incansable se detiene justo donde empieza su hogar, su verdadero hogar: el disenso. Ramos solo se siente a gusto en el periodismo contracorriente; en el que emplaza a los presidentes, ministros y delincuentes; en el que no hace concesiones ni piruetas diplomáticas para saltar alguna inquietud incómoda. Ahí, en ese sitio y justo en ese momento, es que Jorge Ramos da el salto definitivo que lo lleva finalmente a ese espacio en el que sabe estar. Entre los excluidos, los de afuera, los sin lugar. Ahí habita Jorge Ramos. Asegura que un acento o una cadencia le revela si su interlocutor es migrante, y si es así, pues inmediatamente se siente identificado.

La recepcionista de Univision sonríe al mencionar el nombre del periodista. Dice que es un privilegio -una suerte- entrevistarlo. Que es un hombre muy decente, “muy humilde” y vuelve a sonreír antes de permitir el paso hacia sus oficinas. El propio Ramos es el que sale a la puerta del canal a hacer el recibimiento de rigor. Con jean y camisa, solo se pone la corbata cuando faltan pocos minutos para que empiece la emisión estelar. Lo hace con una naturalidad casi orgánica. Sus dedos se mueven rápidos y sin titubeos. En segundos, ya está formal.

Francisco J. Sánchez hace la cámara del noticiero de Univision desde el año 2000. “Es un hombre tranquilo, callado. Excelente profesional y muy respetuoso. Es muy buena persona”, dice refiriéndose al presentador. Justo esa noche, una de las historias es la de un inmigrante argentino que está a punto de ser deportado. Camina con paso cansino y esposado. Ramos no está siendo enfocado por ningún reflector. En ese momento nadie lo está viendo, pero su interés en lo que ocurre es genuino. No despega ni un instante la mirada de la pantalla. La comisura de su labio superior se tuerce ligeramente hacia abajo. Luego se recompone y continúa leyendo el teleprompter. Hace su trabajo una vez más.

“En inglés existe la palabra accountability que es hacerlos responsables de sus actos y hacerlos entender que están obligados a asumir la responsabilidad de sus hechos. Por eso tenemos que hacer preguntas incómodas; si nosotros no lo hacemos, nadie más lo va a hacer. Y aquí entro con el periodismo como servicio social”, dice Ramos refiriéndose a su vocación de emplazar a los poderosos.

Vuelve a la historia original, a la que dio nacimiento a su rebeldía. “Crecí con un poder que me pisaba y mi misión en la vida ha sido contraatacar. Ha sido responder a sus golpes. Ponerlos en su lugar. Lograr un balance. Para eso uso mi poder y mi influencia”.

-¿Se ha sentido alguna vez intimidado?

-Sí, todo el tiempo. No hay nada más intimidante que entrar a la oficina Oval de la Casa Blanca y saludar al hombre más poderoso del mundo. Eso impone.

Ramos ha entrevistado a George Bush padre e hijo; a Bill Clinton, a Barack Obama varias veces. A Hugo Chávez lo entrevistó rodeado de gente, en una cancha de basquetbol. A Fidel Castro lo emplazó con una pregunta incómoda y sus oficiales de seguridad lo empujaron hasta hacerlo caer. Ha cuestionado a Carlos Salinas de Gortari, Enrique Peña Nieto y a Bill Gates.

Al ser consultado sobre si se ha sentido intimidado por una mujer, sonríe y dice: muchas. Todo el tiempo. En ese sentido, las intimidaciones vienen por todos lados. Ramos ha tenido tres relaciones sentimentales de larga data y de su primer matrimonio tiene dos hijos.

Sus dos principales referencias periodísticas, por lo menos las que menciona de entrada, son mujeres: Oriana Fallacci y Elena Poniatowska. A ambas las admira por su capacidad de esculcar, de indagar, de no dejar piedra sobre piedra.Y de enfrentarse al poder.

Ramos no se siente de ningún país. Su tragedia muy particular es que para los estadounidenses nunca será suficientemente estadounidense y para los mexicanos ya nunca será suficientemente mexicano. Las expresiones de rechazo y de racismo en su contra adquieren un carácter especialmente frenético en las redes sociales, en la que lo invitan, y no amablemente, a irse del país que ha sido su residencia durante 34 años.

Y luego, cuando va a México tampoco encuentra acomodo. “Allá soy soy el que se fue, el que huyó, el que no tuvo el valor de quedarse. Al final aprendí que mi identidad es la de migrante, ir de un lado a otro”. Un trashumante con papilas gustativas que sí tienen nacionalidad. Nada, ningún manjar se le compara a unos tacos al pastor comidos en un puesto en la calle en Ciudad de México.

Ramos no hace concesiones. Ni con los poderosos ni con sus colegas. No concibe que haya periodistas que se queden impertérritos ante los abusos y las falsedades de sus entrevistados. Para él la neutralidad no es un santo grial y mucho menos cuando se trata de discriminación, racismo, corrupción, mentiras públicas, dictaduras y violación de los derechos humanos. Simplemente no considera que un periodista ejerce su función si se queda con un cuestionario desabrido con la sola intención de mantener a su fuente o no hacer ruido.

Viene con el oficio incomodar siempre y a través del periodismo -ya sea con entrevistas, reportajes, crónicas o investigación- cumplir el cometido social de estremecer al poder. No le preocupa la polarización ni los efectos que esto pudiera tener; su única meta es informar. Tumbar caretas y conseguir un lugar en el que convivan siempre su impulso de nadar contracorriente y su poder de dragón para no dejar la injusticia impune.

 

Compartir

Comparte esta publicación con tus amigos

X