Jorge Cardona Alzate: editor ilustre

Por: Daniella Sánchez Russo

I.

La imagen se repite una y otra vez: cada mañana, antes de que la redacción de El Espectador se ateste con el afán de los periodistas, un hombre enjuto, de bigote negro y espeso, camina con rapidez –la camisa blanca y ancha siempre por fuera del pantalón oscuro– hasta el archivo y selecciona decidido el tomo en que se detuvo el día anterior. Lo coloca sobre una mesa amplia y se protege del polvo que puedan soltar las viejas páginas de diario con un tapabocas que no permite adivinar, a través de las gesticulaciones del rostro, qué siente mientras repasa la historia que el periodismo le ha dejado a Colombia. Rutinario, de una disciplina obsesiva, curioso en su silencio, consume al menos una hora leyendo notas de prensa que para la mayoría carecerían de relevancia por no pertenecer a la inmediatez, al presente, a ese tiempo que es también materia prima, aunque abstracta, con que se producen los diarios. Pasa con delicadeza las páginas de los tomos de un periódico que lleva 129 años existiendo y, cuando termina de leer cada uno de ellos, que van desde 1948 hasta el presente –porque los demás se perdieron en un incendio en 1952– comienza de nuevo, insatisfecho o quizá entendiendo que volver a la historia es la única forma de revivirla. Lea aquí el acta del jurado que le otorgó el reconocimiento Clemente Manuel Zabala 2016.

II.

Jorge Cardona Alzate llegó a practicar el periodismo por una mezcla precisa entre necesidad y accidente. Era un joven que, inclinado por la tradición familiar, empezó a estudiar economía en la Universidad Santo Tomás; bohemio pero no rebelde, que empleaba su tiempo libre en estudiar filosofía oriental en la Fundación Hastinapura y en escribir guiones para grupos de teatro de la ciudad. Se vio en la tarea, con apenas veinticinco años, de encontrar un trabajo que le diera para sostener a quien sería su esposa, Claudia Camargo, y a su primer hijo, Sebastián, que estaba a punto de nacer.. Para entonces había terminado las materias de economía pero había decidido, fiel a su juventud despreocupada, posponer la tesis. Aun así, en 1985, sin cartón que certificara que se hubiera graduado, consiguió un trabajo en Inravisión, donde se convirtió en el chico que manejaba el generador de caracteres. Estuvo allí hasta 1987, cuando se le presentó la oportunidad –por una suerte dulce y primípara– de ingresar como periodista al noticiero popular Alerta Bogotá de Caracol Radio, que salía al aire cada mañana a las seis, y cuyo locutor era el reconocido médico Cristóbal Américo Rivera, de quien podía decirse llevaba una vida doble entre los pabellones de los hospitales y el relato de la crónica roja.

Eran los tiempos feroces del narcotráfico de Los Extraditables, de la peor violencia urbana, y a Cardona lo contrataron para cubrir los crímenes que sucedían en las zonas marginales de la capital del país, y describiera así los espacios de terror, y la fisonomía y formas de hablar de víctimas y victimarios. Cardona era tímido, introvertido –lo es aún ahora–, y no obstante desde el primer día se lanzó a la calle, sin mayores direcciones sobre cómo redactar noticias radiales, acompañado únicamente por una grabadora y el consejo del director del noticiero, Jairo Humberto Rico, quien le recomendó pasearse desde antes de que amaneciera por los pabellones del hospital La Hortúa. Así lo hizo y debutó con una historia que aún lo persigue. Se trató de la violación y posterior apuñalamiento de una muchacha de 17 años –“hermosa, con un rostro de virgen”, según palabras de quien hoy es editor general del diario El Espectador – a la que habían sacado a la fuerza de una discoteca en el sur de la ciudad y llevado hasta un basurero en donde la dieron por muerta. Pero antes de que amaneciera, un policía la encontró y la transportó al hospital en estado de coma, esperando que los médicos pudieran estabilizarla.

Con instinto de sabueso, Cardona entrevistó al sargento de la Policía que estaba presente, a los familiares de la víctima, a los médicos, y regresó a las oficinas de Caracol para presentarle los testimonios a Rico, quien aprovechó para enseñarle una de las mayores lecciones que hasta ahora ha aprendido del oficio: hacer seguimiento de las historias que se cubren. Apoyándose en este consejo, regresó cada día de esa primera semana laboral a La Hortúa para preguntar por la muchacha que poco después despertó. El último recuerdo que ella tenía era el de haber sido abordada en el baño de la discoteca por varios hombres armados, entre los que estaba el portero del recinto. Fue con este testimonio que la Policía atrapó a los culpables y que Cardona entendió que existen relatos que movilizan los aparatos de justicia, a tal punto que estaba entre sus deberes como reportero hallarlos. Trabajó, los meses venideros, con una disciplina tenaz:

“Llegaba a la redacción de Caracol Radio, que quedaba en la 19 con octava, a las cinco de la mañana”, recuerda. “Subir la 19 desde la Caracas a esa hora era prestarse a ser partícipe de un hoyo negro, lleno de peligros, porque allí había prostitución, pero sobre todo delincuencia y venta de estupefacientes. Todos los días veía como atracaban a personas, así que corría por temor. Abría la puerta de la oficina y, como era el cuartillero del director del noticiero, apenas me sentaba en el escritorio leía los periódicos nacionales, El Tiempo y El Espectador, y reciclaba noticias del día anterior, redactándolas con una vuelta de tuerca para la radio. Cuando el noticiero abría a las seis de la mañana, yo ya había dejado doce notas listas. Después de esto buscaba historias en la central de Policía o en los pasillos de los hospitales o incluso en Medicina Legal, donde recuerdo siempre había personas esperando a que se hicieran las necropsias de los cadáveres. Iba y venía durante toda la tarde, hasta que me quedaba para escuchar, a las siete y quince de la noche, al zar de la radio, Yamid Amad, en el programa Última Hora Caracol”.

Jorge Cardona se adentra todas las mañana en el archivo de El Espectador para revisar los tomos de un diario con 129 años de historia./ Foto: Diana Sánchez, archivo El Espectador.

Cardona ampliaba las voces de las historias que conseguía con los testimonios de aquellos que habían presenciado los crímenes, de los mismos ladrones, de familiares de víctimas que encontraban en él, más que a un periodista, a un confidente. Se diferenció, además, del resto de reporteros que cubrían crónica roja porque a la hora de describir un balazo o un apuñalamiento lo hacía con minuciosidad, relatando –gracias a lecciones de anatomía que le dio el médico Cristóbal– cómo se había infringido, a través del crimen, el cuerpo. Esta precisión suya era ante todo una muestra de respeto hacia el oficio: las historias que otros hubieran menospreciado porque denotaban miseria o pobreza social, él las acogía con naturalidad y deferencia –sobre todo hacia las víctimas– entendiendo que aún en las cloacas residen diamantes. Con los meses, por su agilidad y trabajo, le pidieron que cubriera, además de los crímenes que se perpetuaban en las calles, historias que movilizaban la agenda nacional para el noticiero del mediodía. Entonces tomó especial interés por los asesinatos que, en el inicio del gobierno Barco, se estaban perpetuando en contra de los simpatizantes del partido de la Unión Patriótica –UP. Hoy se presume que unos tres mil militantes fueron silenciados en esa época, incluidos dos candidatos presidenciales: Jaime Pardo Leal, en octubre 1987, y Bernardo Jaramillo Ossa, en marzo de 1990.

El origen de esta etapa como reportero judicial fue descrito por Cardona en una entrevista que le hicieron los periodistas Marta Ruiz y Lorenzo Morales, en el marco del libro Hechos para contar, publicado en 2014. En esta relata cómo el día después del asesinato de Jaime Pardo Leal se encontraba descendiendo por la calle 19 en el centro de la ciudad, cuando vio una turba de gente que tiraba piedras en contra de un almacén, con tal ímpetu que imaginó los revolcones vividos en el Bogotazo.

“Y yo estaba ahí, mirando –se lee en la entrevista– cuando de pronto apareció la Policía y la gente empezó a correr despavorida. Yo también. Cuando iba bajando por la calle 19, se me desacomodó la grabadora en la pretina del pantalón y una señora gritó: ‘¡es un tira!’, y se me vino una jauría de personas encima, me lanzaban puños y patadas. Pensaron que yo estaba ahí grabando. Yo les dije: ‘¡soy periodista, soy periodista!’ Y me identifiqué. ‘¿Y qué está haciendo acá?’, me preguntaron. Por el rabillo del ojo vi que estábamos frente a la sede del Partido Comunista, y dije: ‘lo que pasa es que me mandaron a conseguir unas reacciones de los dirigentes del partido por la muerte de Jaime Pardo Leal’. Y efectivamente terminé entrevistándolos”.

Desde entonces le demostró a su jefe, Jairo Humberto Rico, de quien recuerda llegaba a “emberracarse” por un error de escritura al punto de tirar al suelo cualquier cosa que tuviera en su escritorio, que estaba en las condiciones de cubrir no solo la calle, sino también los juzgados y cortes. Se hizo de fuentes a magistrados y jueces que entonces intentaban combatir, con las garras, el poder del narcotráfico; aprendió a leer providencias, a traducir para los lectores sentencias a veces inteligibles; supo moverse entre las secretarías de los distintos tribunales y cubrió con minucia los atentados que el temido capo Pablo Escobar Gaviria llevó acabo en la capital del país. Como si fuera poco, halló el tiempo necesario para cursar a distancia el programa de Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, y hacerse con un título de pregrado que le ayudara a recibir un sueldo digno. También participó en tertulias mensuales en el centro Alejo Carpentier, que mediaba su amigo, Isaías Peña, quien había sido su maestro en el reconocido taller de Escritura Creativa de la Universidad Central.

Esos azarosos tiempos entre 1985 y 1991 constituyen una época significativa para Cardona, y fueron precisamente los que compendió en su primer libro, Días de memoria, publicado por Alfaguara en 2009. Este es un valiosísimo documento de 565 páginas en donde relata uno a uno los acontecimientos judiciales que vivió el país desde la toma del Palacio de Justicia hasta la promulgación de la Constitución de 1991. Sobre él dice: “Yo guardo intacto en la memoria lo ocurrido en la Bogotá de finales de los años ochenta. Fui testigo de magnicidios políticos, del final del gobierno de Belisario Betancur y del débil inicio del gobierno de Virgilio Barco, también del asesinato del director de El Espectador Guillermo Cano. Escribo Días de memoria haciendo uso de notas que recopilé en cuadernos, siempre bajo la creencia de que la historia de esos años empezó a deteriorarse en boca de testigos que, en este siglo, empezaron a contarla a conveniencia y de manera subjetiva. Quise dejar constancia de cómo sucedieron los hechos, porque lo que va perdiendo el periodismo en su acontecer diario es la memoria. Las historias no nacen de la nada. El presente no es efímero, tiene un contexto preciso, y esto deben entenderlo las nuevas generaciones de periodistas. Estoy convencido de que para escribir el futuro se necesita un contexto arraigado en la historia”.

III.

El hombre bigotudo, silencioso, calificado frecuentemente como hábil ratón de biblioteca, tiene otras manías, no menos frecuentes que esa de repasar tomos de viejos diarios. Recorta, desde principios de los años setenta, las noticias que le interesan de medios escritos como El Tiempo, El Espectador, o la revista a Semana, que luego guarda, como un archivero, detrás de los cientos de libros que componen su estudio. Colecciona, además de sentencias judiciales, suvenires del equipo de fútbol Millonarios, que, después de su familia, representa el tema que más lo apasiona y que se materializa en banderines, camisetas, fotos de jugadores de antaño, y otros objetos de los que estaría atestado el cuarto de un fanático. Compila, también, cuadernos escolares cuyas hojas dobla por la mitad, para tener cuatro secciones en las cuales escribir: sus notas de reportería, teléfonos de contactos, datos claves para las clases universitarias que dicta desde comienzos de los años noventa, y un espacio para todo aquello que no pueda someter a una sección específica.

Ya estaba escribiendo en estos cuadernos cuando ingresó, en 1993, por recomendación del periodista Francisco Cristancho, a la redacción judicial del diario El Espectador, y encontró en ella un equipo conformado por fieras del periodismo, como Juan Guillermo y Fernando Cano, quienes tenían el mismo coraje de su padre, Guillermo, asesinado por su labor periodística el 17 de diciembre de 1986, y el septuagenario, Luis de Castro, quien cubrió para el diario de los Cano El Bogotazo, el 9 de abril de 1948. A este último, su maestro, lo recuerda como “un intelectual, un verdadero bohemio, un purista del idioma que corregía los textos milimétricamente, manteniendo la decencia; un cachaco tradicional y de humor fino que guardaba la memoria judicial del país y que contaba a sus discípulos, a la par que fumaba cigarrillos en una redacción que aún lo permitía, sus aventuras cubriendo el crimen capitalino desde los cafetines del centro de Bogotá”.

Como editor judicial de El Espectador, lideró el cubrimiento de la guerra contra el narcotráfico y la guerrilla, el fortalecimiento del paramilitarismo y el escándalo del proceso 8.000./Foto: Archivo El Espectador.

La primera nota que escribió Cardona para la redacción Judicial que dirigía don Luis de Castro tuvo apenas tres párrafos de longitud, y trató de un hombre, dueño de un billar en el centro de Bogotá, que salvó su vida de un carro bomba por encontrarse en medio del tráfico. “Lo primero que advertí fue la tragedia de los indigentes: un grupo de muchachos que acostumbraba a dormir en esa calle y cuyos integrantes resultaron heridos. Después fueron los gritos, las súplicas de auxilio de la propietaria de la bodega del restaurante Manolo; el estruendo de vidrios, tejas, latas y ladrillos, y un instante de horror para aceptar que un trancón me había salvado la vida”, le contó el sobreviviente a Cardona. Y así lo consignó en el diario, en ese primer relato que iría marcando su trasegar en el vertiginoso mundo del periodismo judicial colombiano.

Luego de este breve artículo, vinieron textos de peso, toda vez que Cardona supo ganarse la confianza de sus fuentes, manejar milimétricamente el universo de la justicia –la Fiscalía, la Procuraduría, las altas cortes, los tribunales, los juzgados, los despachos de abogados reconocidos–, darle voz a quienes no la tenían o a quienes, en el camino, la perdieron; o seguirle la pista a casos difíciles, que él refiere como “imposibles”, porque parecía que se estaba condenando a inocentes. Convencido de esas injusticias emprendió varias cruzadas periodísticas para documentar los yerros judiciales que nadie quiso ver entonces. Años después distintos fallos le demostraron que su instinto no se había equivocado. Un ejemplo de estos casos está en un artículo de su autoría publicado el domingo 28 de julio de 1996, titulado “La saga del negro Sandoval”, en donde cuenta la historia de un fiscal que, según el aparato de justicia, primero fue héroe y después victimario. En él, con la habilidad de un escritor de oficio, capaz de retardar el clímax de la historia, Cardona relata el ascenso del “Negro” y, apenas en los últimos párrafos, su caída. Describe cómo en los noventas Sandoval descongestionó las prisiones en San Vicente del Caguán, colmadas de borrachos que peleaban en cantinas, cómo desplegó una guerra judicial para apresar a los miembros de grupos guerrilleros del Caquetá, cómo ayudó a desmantelar el Cartel de Medellín, dando de baja al terrorista, alias El Chopo, y finalmente cómo terminó preso en una cárcel de Bogotá.

“Lo acusaron de que el 20 de abril de 1993, en una decisión inconsulta, devolvió a la empresa Viana Colombia una avioneta supuestamente utilizada para el narcotráfico; le endilgaron cargos porque en una diligencia de allanamiento en Bogotá capturó a una banda de traficantes de heroína pero facilitó la fuga de Andrés Téllez; y de colofón lo denunciaron por cohecho porque supuestamente recibió dinero por ayudar a un narco (…) No tuvo rebaja por confesión porque sigue convencido de su inocencia, no ganó beneficios por delación porque no tuvo a quién culpar; no ganó gabelas por sentencia anticipada, porque optó por la controversia judicial hasta el recurso de casación en la Corte Suprema. Paradójicamente, su hoja de servicios al país no sirvió de atenuante, y en cambio le significó permanecer 123 días preso en la Dijín con los mismos terroristas que capturó en Medellín, y le aumentó dos años de condena, porque su “posición distinguida en la sociedad le impedía desviar su pulcritud”.

Desde entonces Cardona se caracterizó por un esmero que sobresalía en actos simples, como el de cargar, permanentemente, un diccionario para no repetir palabras en los reportajes; amanecer releyendo cada una de las frases de un texto, comprobando en la relectura que este tuviera ritmo; o contar las líneas de párrafos que escribía o que dictaba. La maña de dictar artículos le quedó de sus tiempos como periodista radial. No es un mito que en una hora puede dictar, a cualquiera que se le atraviese en su camino, la historia de portada del día siguiente de El Espectador.

Por estos actos sutiles, de hombre minucioso y único, apenas tres años después de haber llegado al periódico, Cardona fue nombrado editor judicial, anticipando un relevo generacional que se daría en 1997 con la venta de El Espectador a la familia Santodomingo. Se trató de una época de cambio desde varios puntos de vista: al periodismo se le sumaron las nuevas tecnologías con el computador y la telefonía celular, y empezó a haber en el equipo malestar por los rumores de la venta del diario en un momento en que, por el recrudecimiento del conflicto armado en el país, los reporteros necesitaban tranquilidad. Ahora estaban encargados de cubrir no solo la guerra contra el narcotráfico y la guerrilla de las FARC, sino también el fortalecimiento del paramilitarismo, y la corrupción que develaba, en el gobierno Samper, el conocido proceso 8.000. Como si fuera poco, para Jorge Cardona este periodo fue uno de duelo, debido al respeto y cariño que tenía hacia los periodistas salientes. “Guardo”, explica, “una carta que le hice a Juan Guillermo y Fernando Cano, en donde les digo que no podía concebir lo que estaba viendo, que no entendía cómo ellos se tenían que ir su casa, en donde estaba su alma. Fue tristísimo ver cómo descolgaban los cuadros, cómo metían en cajas de cartón los recuerdos de una vida. Ellos se fueron en diciembre de 1997, cuando se cumplían 11 años de la muerte de Guillermo Cano. Entonces ese día no se oyó el zumbido de una mosca en la redacción. Después de que se fueron, la crisis fue tal, que estoy seguro de que entre 1997 y 2002 vi ir y venir a más de cien periodistas”.

Con este difícil panorama en frente, Cardona tuvo que fortalecerse para sacar adelante a su nuevo equipo, a quien entrenó bajo tres simples premisas: disciplina, claridad a la hora de escribir y la confrontación de datos a través de documentos que constituyeran la base de las noticias.

Sobre su labor como editor guía, el periodista Juan David Laverde, quien durante 12 años trabajó a su lado, dice: “A Jorge solo le interesa la información de calidad y hacer lucir a sus periodistas. En ese sentido es quizá uno de los últimos grandes editores de Colombia. Por eso me alegra infinitamente este reconocimiento. Eso sí, no me lo imagino yendo a recibirlo. Ni subiéndose a un escenario distinto de las aulas o debates académicos. Es el tipo más huraño que he conocido cuando se trata de relaciones públicas, no le gusta el protagonismo ni las corbatas o los cocteles; lo suyo es la calle o el archivo. Es un profesional de rigor, que pide que los datos estén confrontados para cuidar la salud de los reporteros y blindar al periódico. ‘¿Los papeles, a ver dónde están los papeles? Los quiero probar’, me dijo una y mil veces cada que llegaba a las puertas de su oficina con una historia. Al reportero novato le enseña que todo tiene una explicación, que si uno abre los periódicos de hace cincuenta años puede constatar que en Colombia vivimos en un eterno retorno. Alguna vez, para probarlo, le dije: “A ver, Jorge, usted que es el hombre de la memoria, dígame cada uno de los presidentes de Colombia”. Para mi asombro, no solo me los dictó con nombres y apellidos, también sacó anotaciones que tenía sobre cada uno de ellos, en las que estaban plasmados detalles de sus vidas políticas y privadas. Duré dos horas en clase magistral. Ese hombre es absolutamente metódico en su oficio”.

A esta opinión se le suma la de la actual editora judicial de El Espectador, Diana Durán, quien fue entrenada desde sus inicios por Cardona: “No es solo que conozca a la perfección la historia de Colombia, sino que se preocupa por darles voz y protagonismo a las víctimas del conflicto”. Muestra de ello es una nota publicada a finales de enero de 1998, en la que describe una marcha que hicieron en Villeta familiares de hombres y mujeres asesinados por el Ejército Nacional por error:

“Fernanda Triana quiere saber cómo su hermano Neider recibió un disparo de fusil en la cabeza, si únicamente regresaba de explotar mechas rosadas con su tejo. ¿Quién heredará su sueño de fortalecer la región del Gualivá hasta los límites del progreso?, y ¿qué podrá inventarle a sus hijos cuando extrañen abrazos, jugarretas o la ‘chispa’ envidiable que encantó a su esposa, quien ayer agregó a su rostro hermoso, lágrimas y desaliento antes de apretujarse el corazón y aceptar que Neider murió por equivocación de unos soldados. ¿Y quién podría devolverle a doña Blanca de Chaparro el frenesí por estudiar y trabajar de su hijo Antonio? Lo extrañarán en el Liceo Boyacá que conoció sus travesuras de primaria, en el colegio Alonso de Olaya que forjó sus sueños de triunfar en Bogotá y veranear los eneros en la Costa Atlántica, o en la Escuela de Administración de Negocios donde cursaba octavo semestre. Desde el sábado en Villeta se siente otro vacío: el acelere inconfundible de su moto azul que hoy permanece llena de agujeros en un patio ajeno”.

IV.

Hay una faceta del introvertido Cardona, quien antes de ir al periódico trota al menos una milla para dejar que el oxígeno fluya y poder pensar con mayor claridad, que no ha sido relatada aún: la de profesor. Empezó a dictar clases de periodismo en el año 91, incluso antes de graduarse de Filosofía y Letras, en instituciones como la Universidad Central, y temprano en su carrera, en 1994, instauró, en la Universidad Javeriana, una cátedra que aún imparte: Periodismo Político. Desde entonces también ha pasado por las aulas de las universidades Santo Tomás, Los Andes y El Externado, la Universidad Minuto de Dios y la Sergio Arboleda.

Cardona dice ser “profesor por naturaleza” y esta descripción no puede ser más cercana a su verdad. Incluso en los pasillos de la redacción de El Espectador le dicen “El profe”, no solo porque varios de los redactores fueron en algún momento sus estudiantes, también porque en las horas libres reúne a los más jóvenes y los instruye sobre episodios de la historia colombiana

Una de sus estudiantes, Angélica Gallón, quien en una época fue periodista cultural de El Espectador y ahora es editora de moda en Univisión, lo define como un “profesor que trata a sus alumnos como si fueran materia periodística, porque siente hacia ellos una inquietud natural”. Y agrega: “Él es maestro de una generación que hoy, siguiendo su legado, demuestra excelencia. Él pesca, dentro de las clases, a los estudiantes que tienen talento, y los lleva consigo a trabajar. En las horas laborales no los abandona, de hecho les sigue la pista”.

Cardona se define a sí mismo como “profesor por naturaleza”. Además de su trabajo como docente universitario, se encarga de darles lecciones de historia a los periodistas más jóvenes de la redacción. / Foto: Herminso Ruiz.

Así, buscando nuevos talentos, fue que en 1994 conoció a quien hoy es subeditora judicial de El Tiempo, la periodista Jineth Bedoya. En esa época, con apenas veintitantos años, Bedoya demostró tal habilidad para la reportería, que Cardona decidió hacerla parte del equipo judicial de El Espectador. Juntos, maestro y discípula, investigaron temáticas de difícil acceso, como la infiltración del paramilitarismo en la fuerza pública. De hecho, fue en este último contexto que Bedoya descubrió una red de tráfico de armas dentro de la cárcel La Modelo que era manejada por paramilitares y policías y que aceptó, el 20 de mayo del 2000, entrevistarse con el miembro de las AUC, alias ‘Panadero’, en las inmediaciones del penal.

Aquel día, en la mañana, Cardona acompañó a Bedoya hasta la entrada de la penitenciaría con el propósito de ingresar con ella a la entrevista. Pero esto jamás sucedería: le perdió la pista en un lapso de tiempo, breve pero definitivo, en el que se alejó para ubicar al fotógrafo del diario. Al volver, tan solo minutos después, le preguntó por ella a los guardias de la cárcel, quienes le contestaron que la periodista había ingresado sin él. Sospechoso, Cardona esperó durante horas a que saliera, hasta que decidió llamar a quien era director del CTI, Pablo Elías González. Entonces rastrearon el celular de Bedoya, quien fue hallada en un paraje desolado en Villavicencio. Había sido drogada en las inmediaciones del penal a plena luz del día, secuestrada y movilizada a una finca donde fue amenazada, golpeada y ultrajada por hombres que la justicia colombiana aún no ha llevado al estrado de los culpables.

Después de este acontecimiento, tanto Bedoya como Cardona empezaron a vivir bajo la sombra del terror. Eran escoltados día tras día por policías, transportados en carros blindados que solo actuaban como recordatorio de lo sucedido. Dice Cardona que no fue sino hasta ese momento que entendió las certezas de las amenazas que durante años había recibido por su labor periodística.

“Fueron días –recuerda- de soledad, de hastío. Hasta el momento yo no había entendido el precio que podía hacernos pagar el periodismo y pensé en desistir. De repente me encontré triste, cansado. Porque antes había sido enemigo de las amenazas: era un periodista corajudo… La única razón por la que seguí fue la claridad de que debía ayudar a fortalecer a Jineth, de que así como la había entrenado tenía que hacerla resurgir. La impulsé a que siguiera en el oficio: esa era la única manera de que se reivindicara consigo misma y enviara un mensaje claro a los victimarios: ella no se doblegaría, no se echaría a perder. Ella era y es una heroína. Pero yo no olvido, jamás olvidaré lo doloroso que fue este episodio y por ende tengo mi propia investigación de los hechos. En los dieciséis años que este caso lleva de impunidad he recopilado cada documento, cada pista, para establecer una línea clara de cómo sucedieron las cosas aquel día”.

En medio del desamparo, la vida cobijaría a Cardona con un giro oportuno: la entrada a El Espectador, un mes después de lo sucedido, del periodista Fidel Cano, nombrado editor general, y quien desde sus inicios reveló el espíritu noble y librepensador de su familia. Cano, pendiente de mantener la salud de su equipo, se acercó a Cardona pocos días después de conocerlo y le propuso que se convirtiera en editor de paz y cambiara de aires cubriendo con minucia el proceso que adelantaban la guerrilla de las FARC y el gobierno Pastrana en San Vicente del Caguán. Cardona aceptó. Llevó a cabo el proyecto con excelencia, a pesar de que confiesa nunca haber ido a la zona de distensión. Primero porque confiaba en sus periodistas, Gloria Castrillón y Ana Lucía Raffo; segundo, porque lo sucedido a Jineth Bedoya lo dejó con una prevención soez a tener fuentes ilegales.

Paralelamente, se presentó en 2001 una crisis que azotó a El Espectador e hizo que desde agosto de ese año la edición pasara a ser semanal, dejando a los reporteros y sus editores con un exceso de tiempo libre. Por cuenta del recorte, Cardona vio salir a periodistas que todavía guarda en la memoria de sus afectos. Entretanto, aprovechó el tiempo para reinventarse en el oficio, acercarse a sus hijos Sebastián, Lucás y Julián (todos fanáticos, como él, del equipo Millonarios) y a su esposa Claudia, quien, dice, es la única que logra sacarlo de la casa a una reunión social.

En 2002, cuando había decidido ser el nuevo editor de justicia de la revista Semana, una súbita propuesta de Cano, en medio de unos whiskys de viernes a medianoche, cambió el resto de su carrera. Le propuso ser su jefe de redacción mientras capoteaban el temporal y volvían a rescatar el diario que García Márquez y Eduardo Zalamea Borda definieron en los 50 como “el mejor periódico del mundo”. La borrachera fue épica y al día siguiente, todavía con la resaca viva, Cardona –que debía entrar a Semana el lunes siguiente– llamó a Fidel para preguntarle si se acordaba de lo que habían hablado apenas unas horas antes. Fidel no titubeó, le preguntó nuevamente si quería acompañarlo y desde entonces conforman un dúo espléndido. Tres años después de haber sido nombrado jefe de redacción, en 2005, fue ascendido a editor general del periódico.

“Jorge ha sido mi ancla, mi compañero de batallas y la esencia de la recuperación del periódico en estos años. Un editor en el que se pueda confiar plenamente es lo máximo a lo que uno puede aspirar, y Jorge, por el conocimiento que tiene de la esencia e historia de El Espectador, es garantía de su protección. Es un maestro que no busca protagonismo sino educar a una redacción joven, un hombre que enseña mientras trabaja a la par de sus periodistas sin limitarse a dar órdenes. Él no grita sino que acompaña el trabajo, eso sí, sin condescendencias ni concesiones”, sostiene Fidel Cano Correa.

De la impresionante dupla Cano-Cardona, el periodista Juan David Laverde afirma: “El Espectador hoy en día es una apuesta que hicieron Fidel Cano y Jorge Cardona para renovar la redacción y darle un aire enérgico al periodismo colombiano. Juntos han formado a una generación de reporteros que ha sabido responder. Me atrevo a decir que si Cano es el corazón del periódico, Cardona es el nervio”.

Un proyecto conjunto que le entregó responsabilidades a jóvenes que aún no tenían ni los 30 años pero que, tras el regreso de El Espectador como diario en mayo de 2008, empezaron a empujar ese barco con esmero y a mover los temas que desde hace una década han marcado la agenda política y judicial del país.

Cardona recuerda algunos de ellos: “Investigamos entre 2006 y 2007 el inicio de la parapolítica y los montajes contra su investigador Iván Velásquez, el caso Tasmania y la crisis del proceso de paz con las Autodefensas; en 2008 las chuzadas del DAS, la liberación de Íngrid Betancour, la baja de Raúl Reyes en Ecuador y la Yidispolítica; en 2009 los falsos positivos y el escándalo Agro Ingreso Seguro; en 2010 el llamado ‘carrusel de la contratación’ y el abatimiento del ‘Mono Jojoy’, del que nos enteramos de primera mano porque Fidel y yo nos encontrábamos desayunando con quien entonces era secretario general de la Presidencia, Juan Carlos Pinzón. Entre 2012 y 2016 hemos cubierto con esmero el proceso de paz, y aquí quiero destacar la ardua labor de periodistas como Alfredo Molano Jimeno, Hugo García, Marcela Osorio, Diana Durán y Norbey Quevedo. Pero sobre todo el de María del Rosario Arrázola, quien fue la primera periodista en el país en enterarse de cómo y cuándo se tramaba el proceso de paz en La Habana. Hay que recordar que el periodismo no es individual: es colectivo. La edición de los periódicos funciona igual que un despacho judicial: alguien asigna los casos, otro mira los papeles, otro documenta lo que va sucediendo”. Y es él al final de cuentas, con su filtro de viejo zorro y lupa kilométrica, el que avala y blinda la información más sensible.

Sobre estos últimos años, la periodista María del Rosario Arrázola -quien fue editora de reportajes del diario y ahora trabaja en el programa Los informantes-, recuerda cómo entre ella, Laverde y Cardona descubrieron de qué manera infiltró el entonces Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) –que era, nada más y nada menos, la agencia de inteligencia del gobierno– a la Corte Suprema de Justicia:

“Luego de que hiciéramos varias entrevistas a fuentes que pedían reserva absoluta, que conocían detalles de cómo se habían hecho seguimientos ilegales a los magistrados, descubrimos que la operación había estado en manos de una mujer detective: Alba Luz Flórez, quien a través de artimañas logró poner un micrófono en la Sala Plena de la Corte Suprema de Justicia. De inmediato, Jorge y yo empezamos una labor de reportería que incluyó encuentros cercanos con cerca de quince fuentes que nos fueron perfilando quién era esa mujer. Jorge, acucioso, detallista, reunía la información y la clasificaba. Podía pasar horas corroborando fechas, sitios, nombres, mientras yo y Laverde hacíamos reportería. Una de esas noches de trabajo arduo me dijo que estaba seguro de que esa mujer no había actuado sola, y tenía razón. Me puse a buscar cómo efectivamente había llegado a la Corte y logré establecer que había sido a través de un policía al que había seducido a punta de coqueteos, y quien posteriormente la ayudó a acercarse a la señora de los tintos. Esa última fue la que finalmente puso los micrófonos en la Sala Plena. Fue cuando corroboramos uno por uno estos datos, que se hizo la publicación en El Espectador”.

El perfil, que significó una bomba de tiempo para el caso de las chuzadas del DAS, fue publicado el domingo 14 de agosto de 2010. Solo un mes después, la detective Alba Luz Flórez se convirtió en testigo de la Fiscalía para el caso en contra del departamento de inteligencia.

Pero hay trabajos que Cardona ha tenido que ejercer en solitario. Por ejemplo, el extra que publicó El Espectador el día de la muerte del nobel colombiano, Gabriel García Márquez, sucedida el 17 de abril de 2014, un jueves santo en que la redacción del diario estaba desierta. A pesar de ser una edición exigente, Cardona la llevó acabo con felicidad y paciencia, porque sentía que le estaba rindiendo tributo al escritor al que más ha admirado durante su vida, pero que nunca llegó a conocer. “Cada vez que pensaba que él podía presentarse en un evento donde yo fuera a estar, cargaba mi primera edición de Cien años de soledad para pedirle, después de que le hubiera apretado muy fuertemente la mano, que me la firmara. Pero jamás me lo tropecé. Ni en las ferias de libros ni en festivales culturales ni en 2007 cuando viajé a Cartagena en medio de una asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, solo porque me dijeron que allí estaría. Entonces, en el marco de una conferencia específica, pensé que me encontraba a punto de presenciar el momento más emocionante de mi vida. ¡Con decir que yo ni salí la noche anterior al evento, para estar fresco y así conocerlo! Pero Gabo no se presentó ese día, y yo me quedé sentado en primera fila, muy correctamente, con el más valioso libro que he tenido hasta ahora en mi biblioteca”.

Además del periodismo, le apasiona el fútbol y es un fiel hincha del equipo Millonarios. / Foto: Óscar Pérez, archivo El Espectador.

V.

Luego de que el viejo se levanta y corre en medio de la mañana fría al menos una milla para oxigenar el cerebro; de que se viste, siempre con pantalones negros y camisas blancas y anchas; de que dicta clases en la Universidad Javeriana; de que llega a la redacción de El Espectador, revisa los tomos de los diarios, y dirige la reunión de editores; de que se sienta en su oficina, arrumada de periódicos y bártulos que representan a su equipo de fútbol preferido para colaborar con el hacimiento del diario; de que en la noche lee entera la edición terminada para decidir que el día allí está por terminarse; de que sale a tomar el bus –jamás aprendió a manejar–; de que llega a su casa, saluda a su esposa y al labrador negro que pacientemente lo espera; no descansa sino que toma una siesta de diez minutos –encima de su cuerpo una ruana caliente y pesada– para recargar energías y trabajar hasta la medianoche en proyectos personales. En esta especie de tiempo libre fue que redactó Días de memoria, Diario de un conflicto (su segundo libro) y que escribió el perfil de Guillermo Cano que hace parte del libro colectivo Tinta indeleble, que trata sobre la vida y obra de quien fue director de El Espectador; y más recientemente, un capítulo para el libro 1985: la semana que cambió a Colombia, en el que relata las horas después de la Toma del Palacio de Justicia, un holocausto que conoce porque lo ha estudiado hasta el cansancio, y sobre el que escribe:

“El deber no fue preservar los sitios donde los macabros hechos podían arrojar verdades, pero soldados, policías, bomberos, voluntarios, detectives o jueces atendieron órdenes. El mayor Carlos Fracica Naranjo aclaró quién las daba: ‘El general Arias bajó del cuarto piso y ordenó trasladar los cadáveres hasta el patio donde se encontraba la estatua de Márquez’. Así que el día después de la sangrienta batalla, el momento de confrontación de las familias con sus seres queridos resultó traumatizante. Cuerpos acribillados, algunos sin cabeza, sin extremidades, desintegrados, irreconocibles. Fueron enviados a Medicina Legal con paquetes anexos con enumeraciones de prótesis, anillos, anteojos, pulseras o estilógrafos. En bolsas de plástico se juntaron restos hasta de dos o tres cadáveres, en algunos casos sin diferenciar si eran hombres o mujeres”.

Solo en los fines de semana Cardona se permite un descanso viendo fútbol colombiano o haciendo lecturas sobre la cábala, el tarot, los orígenes del judaísmo, o releyendo el texto religioso Bhagavad Gita, que dice le revela características del espíritu humano. “Es uno de mis libros de cabecera. En él se cuenta la historia de un guerrero llamado Arjuna, que en medio del campo de batalla, en el ejército enemigo, ve a muchos de sus familiares. Entonces tira en el piso su flecha, arco y espada. Decide no pelear. Pero Krishna, que es la personificación de Dios, se le aparece y le dice: ‘Considerando tu deber específico como guerrero, debes saber que no hay mejor ocupación para ti que la de pelear con base en los principios, si no cumples con tu deber, perderás tu reputación como guerrero y para una persona respetable la deshonra es peor que la muerte’. Yo me repito este párrafo día tras día y así asumo el deber, tanto en mi vida familiar como en mi carrera de periodista”.

Jorge Cardona es un hombre profundo, y aun así, en el día a día, extremadamente sencillo. Es feliz con lo que ha creado hasta ahora: una profesión de más de treinta años llevada a cabo con maestría, alejada de la vida pública; una familia cálida y amorosa, de la que dice Claudia es el bastión; un círculo de pocos y buenos amigos; un estudio repleto de libros, en donde los papeles se van acumulando, a veces al punto de formar una torre de babel detrás de la que se esconde, quizá a propósito, quizá porque siente que es allí, en la oscuridad, que su trabajo cobra sentido.

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