Textos publicados de Dorrit Harazim, ganadora del #PremioGGM

Basta de eufemismos

Abordar temas espinosos sin recurrir a malabarismos lingüísticos termina señalando responsabilidades reales

Artículo publicado originalmente en O Globo el 14 de diciembre de 2014
Clic aquí para leer el artículo original en portugués

En un extenso ensayo publicado hace seis meses en la revista The New Yorker, el periodista Adam Gopnik diserta sobre la lengua y los eufemismos. El autor sostiene que es preciso tener valor para eliminar de nuestro discurso los clichés y eufemismos, pues significa estar dispuestos a acercarnos a la verdad.

«Cada vez que decimos la verdad sobre un tema que atrae muchas mentiras, promovemos la cordura de la nación», escribió. O, como decía George Orwell, las metáforas gastadas no son sino una sopa de palabras destituidas de todo poder de evocación, y sirven de muletilla al orador sin imaginación o al que tiene algo que esconder.

De hecho, como demostró el laborioso informe final de la Comisión Nacional de la Verdad, divulgado la semana pasada en Brasilia, abordar temas espinosos sin recurrir a malabarismos lingüísticos termina señalando responsabilidades reales. Así, sin rodeos, la tortura practicada en el período de la dictadura militar brasileña fue calificada de política de Estado. Y los responsables últimos de esa política de Estado vienen enumerados, comenzando por los que estaban más alto en el escalafón. La Historia lo agradece. Y la historia del Brasil se engrandece.

El informe del Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre los abusos de poder de la CIA entre 2001 y 2009 abordó de forma más oblicua la cuestión de la responsabilidad última. Pero tuvo el mérito de acabar con una de las más perversas sopas de palabras creadas y manipuladas por el gobierno de George W. Bush: el eufemismo técnicas de interrogación mejorada, a las que a veces también se les aplicó el nombre de conjunto alternativo de procedimientos de interrogación.

En sustitución de esos eufemismos de sonoridad funcional, aséptica y engañosa, el informe de 6.700 páginas y 38.000 notas al pie de página utiliza el sustantivo correcto, de comprensión universal: tortura. A partir de ahora, todo ciudadano estadounidense tendrá que aceptar la responsabilidad de saber que las autoridades de su país optaron por transformar a agentes en torturadores.

A pesar de la avalancha de pruebas, el actual director de la CIA, John Brennan, no se sintió capaz de pronunciar esa escueta y cruda palabra en su declaración ante el comité. Optó por llamar métodos repugnantes a la sarta de atrocidades cometidas por los servicios de inteligencia. «Los interrogatorios se ajustaban cuidadosamente y eran humanos», añadió a su testimonio el exagente Melvin Goodman. Y José Rodríguez, el jefe de operaciones de mayor grado de cuantos fueron responsables del programa de tortura, todavía defendió las prácticas alegando que «habían recibido el aval de las más altas instancias judiciales del país y fueron aplicadas por profesionales muy bien preparados».

En esa misma línea, la disparidad más grotesca entre realidad y fantasía quedó a cargo de Michael Hayden. Por haber sido uno de los directores de la CIA de George W. Bush, se le preguntó sobre la rehidratación rectal, que formaba parte de la canasta de abusos. «Alto —se indignó Hayden—. Se trataba de un procedimiento médico orientado hacia la recuperación de prisioneros deshidratados. No podíamos recurrir a inyecciones intravenosas porque lidiábamos con detenidos no cooperativos».

Sin embargo, en el implacable informe del comité senatorial estadounidense consta el cable de un agente que relata que el detenido Majid Khan recibió su «almuerzo del día (hummus, pasta con salsa, pasas y frutos secos) por inserción rectal. Usamos el mayor tubo Ewal que teníamos». Un jefe del equipo de interrogadores nombrado en el informe confirmó la eficacia del método de rehidratación rectal: se consigue el «control total» del preso. El procedimiento le «aclaraba la cabeza» a la víctima, atestiguó otro interrogador.

Perdida la batalla contra la divulgación del informe, los apologistas de las técnicas de interrogación mejorada se desplazan ahora a otra trinchera. Delante del cavernoso Dick Cheney, vicepresidente en aquel entonces y hombre fuerte del gobierno de Bush, trataron de refutar las conclusiones del trabajo y echar por tierra la acusación de que el poder ejecutivo, el Congreso y el Departamento de Justicia recibieron información incompleta y errónea sobre el programa. «Puras tonterías —dice Cheney sin mover un solo músculo de su inescrutable fisionomía—. El programa fue autorizado. La CIA no quería proceder sin autorización, y además antes de implementarlo fue objeto de una revisión jurídica por parte del Departamento de Justicia».

El sombrío cotorreo de Cheney recibió una respuesta alentadora del veterano Ray McGovern, que durante tres decenios sirvió a su país como oficial de inteligencia del Ejército y analista de la CIA. «La tortura no se puede autorizar, así como no se puede autorizar la violación ni la esclavitud —escribió McGovern, hoy miembro de un grupo denominado Profesionales de Inteligencia Veteranos pro Cordura (VIPS)—. Según los expertos en ética, la tortura pertenece a la categoría moral de actos intrínsecamente malos. Siempre está mal, funcione o no».

De acuerdo con esa línea de pensamiento, la tortura está mal no por la existencia de una Convención de la ONU y de leyes nacionales que la prohíban. Es al contrario. Las prohibiciones legales se establecieron porque las sociedades civilizadas reconocieron que los seres humanos no deben torturar, y punto.

Joseph Brodsky, poeta y ensayista que emigró a los Estados Unidos tras ser expulsado de la Unión Soviética, escribió: «La vida es un juego con muchas reglas pero sin árbitro. Se aprende más a jugar observando que consultando libros, inclusive el libro sagrado. No es de extrañar, pues, que muchos jueguen sucio, que muy pocos ganen y que tantos pierdan».

Para este Premio Nobel de Literatura, el peligro está en que el hombre que no sabe comunicarse o expresarse de forma adecuada termina recurriendo a la acción. «Y como el vocabulario de la acción está limitado, por así decirlo, a su cuerpo, es inevitable que actúe violentamente, ampliando su vocabulario con un arma cuando hubiera debido hacerlo con un adjetivo».

Ciertamente la Comisión de la Verdad brasileña y el informe sobre la tortura del senado de Estados Unidos alegrarían el alma dividida del poeta.

El hombre vence a la máquina

Fue la medida adoptada después del 11 de septiembre, el bloqueo de la puerta de la cabina, la que permitió que el copiloto cometiera su acto de insania

Artículo publicado en O Globo el 29 de marzo de 2015
Clic aquí para leer la versión original en portugués

La respiración del copiloto alemán Andreas Lubitz se mantuvo regular y serena hasta que el Airbus A320 se estrelló a 700 km por hora contra una de las montañas de los Alpes franceses. No hubo jadeo acelerado ni ausencia de sonidos humanos en la cabina. La respiración uniforme y calmada de Lubitz, captada por la caja negra de la cabina de pilotaje del vuelo 4U9525 de Germanwings, eliminó definitivamente la hipótesis de que el joven tripulante de 28 años hubiera sufrido un súbito malestar y se encontrara sin vida en los instantes finales de la tragedia que provocó.

Diez minutos antes, la grabación había registrado el ruido de un asiento al moverse y de la puerta blindada de la cabina al cerrarse detrás del comandante, que pidió permiso para ausentarse momentáneamente. Hasta entonces, durante los primeros 50 minutos del vuelo entre Barcelona y Düsseldorf, el diálogo entre los dos tripulantes había sido tan banal como poco interesante.

Fue cuando se vio solo con el control de la aeronave que Lubitz al parecer cedió a los imperativos de su mente depresiva. Como reza el consabido proverbio, «la mente es un magnífico criado, pero un amo terrible». Las investigaciones preliminares sugieren que estaba consciente, lúcido y resuelto a bloquear el retorno a la cabina del comandante. Hizo que el avión cayera hacia la muerte a lo largo de ocho minutos de eternidad.

Para el consternado Carsten Spohr, presidente ejecutivo de Lufthansa, grupo del que Germanwings es una filial de bajo costo, la magnitud del acto de Lubitz escapa a cualquier definición. «Cuando alguien arrastra consigo a la muerte a otras 149 personas, la palabra adecuada deja de ser suicidio», dice, agregando que, aun en las peores pesadillas de la empresa, una tragedia de esa naturaleza era inimaginable.

Aparte de ser inimaginable que la mente de un piloto pudiera llevarlo a hacer pedazos, con frialdad consciente, a más de un centenar de adultos, niños, bebés, jóvenes escolares, abuelos y colegas de trabajo, esta tragedia contiene una ironía. Fue la medida de seguridad destinada a salvar vidas adoptada por la aviación internacional después de los atentados del 11 de septiembre (el bloqueo de la puerta de acceso a la cabina de pilotaje) la que permitió que el copiloto Lubitz cometiera su acto de insania.

En el ataque terrorista de 2001, los yihadistas suicidas de Al Qaeda consiguieron invadir las cabinas de pilotaje porque las puertas no estaban blindadas ni eran impenetrables. Pudieron, así, tomar el control de los aviones y lanzarlos contra las Torres Gemelas y el Pentágono. En este caso, el eficaz sistema de cierres y bloqueos instalado en los vuelos comerciales desde entonces y que transformó la cabina de mando en una caja fuerte —accesible únicamente si la desbloquea quien está en su interior— favoreció la catástrofe.

Como escribió la periodista francesa Alexandra Schwartzbrod, lo sucedido demuestra que, por muy innovadores que sean los avances tecnológicos, el hombre todavía consigue vencer a la máquina. Solo que esta preeminencia del hombre es, al mismo tiempo, tranquilizadora y terrorífica. Como resumió el mandamás de Lufthansa, «ningún sistema del mundo habría podido impedir el acto del copiloto. Cualesquiera que sean las medidas de seguridad y el rigor de los procedimientos adoptados por una sociedad, nada es capaz de impedir un acto aislado».

Precauciones, saltos tecnológicos, rigor y avances científicos siempre los habrá. La aplicación frecuente de tests sicológicos a los pilotos es, junto con la obligatoriedad de la presencia de dos personas en la cabina de vuelo, una medida preventiva capaz de reducir los riesgos. La Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos sigue la segunda de esas normas desde el 2001: siempre que el piloto o el copiloto salen de la cabina, otro miembro de la tripulación tiene que entrar en su lugar. De inmediato. El cambio debe realizarse en no más de cinco segundos. La agencia que rige la aviación civil europea no impone esa exigencia, o no lo hacía hasta la semana pasada.

Según el banco de datos del sitio Aviation Safety Network (ASN), que monitorea accidentes, incidentes y secuestros de aviones en todo el mundo, son raros los casos de pilotos suicidas que derriban el avión que tripulan: solo ha habido ocho desde 1976. Entre el 2003 y el 2012 hubo otros ocho, pero eran pequeños jets no comerciales, y solo uno transportaba pasajeros. El suicidio, décima causa de muerte a nivel mundial, suele ser un acto esencialmente solitario.

David Foster Wallace, el prodigioso escritor de culto estadounidense que dejó profundas huellas en la literatura de su generación, se suicidó ahorcándose a los 46 años. En toda su vida dio un solo discurso público. Fue en el año 2005, como padrino de promoción en una facultad liberal del estado de Ohio, el Kenyon College. En esa ocasión, Wallace evocó el viejo cliché de que la mente es un magnífico criado, pero un amo terrible.

«Este tópico, como muchos que superficialmente parecen banales e insulsos, en realidad expresa una gran y terrible verdad. No es en modo alguno casual que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparen a la cabeza. Le pegan un tiro al amo terrible. Lo cierto es que la mayoría de esos suicidas ya estaban muertos mucho antes de apretar el gatillo».

La compleja investigación sobre la caída del vuelo 4U9525 apenas comienza. De todos modos, es improbable que logre determinar cuántos vuelos hizo tal vez Andreas Lubitz estando, en realidad, ya muerto, víctima del amo terrible que fue su mente demente.

Hecho con por