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Gabo y la astronomía: 10 momentos de su obra más allá de los astros

Ilustración: Paola Nirta/ Fundación Gabo

Por Ivonne Arroyo M. 

Cuando Gabriel García Márquez vio por televisión las primeras imágenes de la histórica llegada de Neil Armstrong a la superficie lunar, se sintió desilusionado. El alunizaje del 20 de julio de 1969 significaba para Gabo la destrucción de una imagen mucho más fascinante de la Luna, que en su cabeza debía lucir como la isla Pantelaria incrustada en el sur de Sicilia: con llanuras interminables de roca volcánica y aguas “tan densas que casi se podía caminar sobre ellas”.

En “25.000 millones de kilómetros cuadrados sin una sola flor”, un artículo que publicó García Márquez en El País de España en 1981, recordó esta hazaña en la que vuelve a desilusionarse, pero también a dejar rastro de sus propios viajes espaciales, de los cuales surgen hallazgos tan astronómicos como literarios.  

 “Para quienes perdemos el tiempo pensando en estas cosas, hay desde entonces dos lunas. La Luna astronómica, con mayúscula, cuyo valor científico debe ser muy grande, pero que carece por completo de validez poética. La otra es la Luna de siempre que vemos colgada en el cielo; la Luna única de los licántropos y los boleros, y a la cual —por fortuna— nadie llegará jamás”, escribió Gabo. 

Ambas lunas, así como otros muchos elementos fijados en el espacio, aparecen y orbitan la obra de García Márquez, capaz de encontrar un lugar más allá de los astros, que sólo son barro que brilla— diría Idea Vilariño—, para entrelazarlos con sus relatos. Muchas veces sus personajes están acompañados por una puesta de Sol, una noche estrellada o  una superluna, y lo que ocurre con ellos está ambientado o atravesado por las constelaciones, los movimientos del Sol o la redondez de la Tierra. En Gabo habitaba un astrónomo aficionado a tal punto que, para la escritura de El general en su laberinto, investigó las fases lunares de todas las noches de los primeros treinta años del siglo XIX, pues le seducía la idea de que el comportamiento de Simón Bolívar estuviese influenciado por la luna llena. 

Desde la Fundación Gabo compartimos contigo una selección de fragmentos de la obra de Gabo conectados con el cosmos y recopilados en el libro La astronomía en la obra de García Márquez, de José Antonio Mesa, invitado a la charla ‘Gabo y la astronomía’ que te ofrece el Festival Gabo en casa. 

Cien años de soledad

“Una tarde estaba Amaranta bordando en el corredor de las begonias.

—Por amor de Dios —protestó Amaranta —, fíjese por dónde camina.

—Eres tú —dijo Úrsula, la que está sentada donde no debe ser.

Para ella era cierto. Pero aquel día empezó a darse cuenta de algo que nadie había descubierto, y era que en el transcurso del año el Sol iba cambiando imperceptiblemente de posición, y quienes se sentaban en el corredor tenían que ir cambiando de lugar poco a poco y sin advertirlo. A partir de entonces, Úrsula no tenía, sino que recordar la fecha para conocer el lugar exacto en el que estaba sentada Amaranta”.

El general en su laberinto

“La última noche de navegación, mientras velaba junto a la hamaca del general, José Palacios oyó que Carreño dijo desde la proa del champán: ‘Siete mil ochocientos ochenta y dos’. ‘¿De qué estamos hablando?’, le preguntó José Palacios. ‘De las estrellas, dijo Carreño. El general abrió los ojos, convencido de que Carreño estaba hablando dormido, y se incorporó en la hamaca para ver la noche a través de la ventana. Era inmensa y radiante, y las estrellas nítidas no dejaban un espacio en el cielo. ‘Deben ser como diez veces más, dijo el general’. ‘Son las que dije’, dijo Carreño, ‘más dos errantes que pasaron mientras las contaba. Entonces, el general abandonó la hamaca, y lo vio tendido bocarriba en la proa, más despierto que nunca, con el torso desnudo cruzado de cicatrices enmarañadas, y contando las estrellas con el muñón del brazo”.

El amor en los tiempos del cólera

“Ambos se fueron a dormir cuando se acabó la música, después de una larga conversación sin tropiezos en el mirador oscuro. No hubo luna, el cielo estaba encapotado, y en el  horizonte estallaban relámpagos  sin  truenos  que  los  iluminaban  por  un  instante”.

Crónica de una muerte anunciada

“En realidad no se demoró más de diez minutos, pero fue algo tan difícil, y tan enigmático para Pablo Vicario, que lo interpretó como una nueva artimaña del hermano para perder el tiempo hasta el amanecer. De modo que le puso el cuchillo en la mano y se lo llevó casi por la fuerza a buscar la honra perdida de la hermana.

—Esto no tiene remedio —le dijo—: es como si ya nos hubiera sucedido. Salieron  por  el  portón  de  la  porqueriza  con  los  cuchillos sin envolver, perseguidos por el alboroto de  los  perros  en  los  patios.  Empezaba  a  aclarar.  «No  estaba  lloviendo»,  recordaba  Pablo  Vicario. «Al contrario —recordaba Pedro—: había viento de mar y todavía las estrellas se podían contar con el dedo»”. 

Relato de un náufrago

“Esa noche me costó trabajo encontrar la Osa Menor, perdida en una confusa e interminable maraña de estrellas. Nunca había visto tantas. En toda la extensión del cielo era difícil encontrar un punto vacío, pero desde que localicé la Osa Menor no me atrevía a mirar a otro lado. No sé por qué me sentía menos solo mirando la Osa Menor. En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba imitando a Daniel Santos y alguien lo acompañaba con una guitarra. Sentado en el borde de la piedra yo descubría siempre la Osa Menor por los lados del Cerro de la Popa”.

El coronel no tiene quien le escriba

“—Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo —dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas—. Ahora sólo sirve para contar las estrellas. Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. «Todo está así», murmuró. «Nos estamos pudriendo vivos.» Y cerró los ojos para pensar más intensamente en el muerto”. 

Cien años de soledad

“De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril  se  interrumpió  y  fue  sustituida  por  una  especie  de  fascinación.  Estuvo  varios  días  como  hechizado, repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento.

—La tierra es redonda como una naranja”.

El  general  en  su  laberinto

“Veracruz estaba prevista como una breve escala de su primer viaje a Europa, en febrero de 1799, pero  se  prolongó  casi  dos  meses  por  un  bloqueo  inglés a La Habana, que era la escala siguiente. La  demora  le  dio  tiempo  de  ir  en  coche  hasta  la  ciudad de México, trepando casi tres mil metros por entre volcanes nevados y desiertos alucinantes que  no  tenían  nada  que  ver  con  los  amaneceres  pastorales del valle de Aragua, donde había vivido hasta entonces. «Pensé que así debía ser la luna»”.

Vivir  para  contarla

 “La noche se había vuelto diáfana y fresca bajo la luna llena, y el silencio parecía una sustancia invisible que podía respirarse como el aire. Entonces comprendí lo que tanto nos contaba papá sin que se lo creyéramos, que ensayaba el violín de madrugada en el silencio del cementerio para sentir que sus valses de amor podían oírse en todo el ámbito del Caribe”. 

Relato de un náufrago

“De pronto el cielo se puso rojo, y yo seguía escrutando el horizonte. Luego se puso color de violetas oscuras, y yo seguía mirando. A un lado de la balsa, como un diamante amarillo en el cielo color vino, fija y cuadrada, apareció la primera estrella. Fue como una señal. Inmediatamente después, la noche, apretada y densa, se derrumbó sobre el mar”.

Sobre el Premio Gabo y el Festival Gabo

Es convocado por la Fundación Gabo con el objetivo de incentivar la búsqueda de la excelencia, la innovación y la coherencia ética en el periodismo, con inspiración en los ideales y la obra de Gabriel García Márquez, y en la dinámica de innovación, creatividad y liderazgo que caracterizan a Medellín, Colombia.

El Premio Gabo y el Festival Gabo son posibles gracias a la alianza público-privada conformada por la Alcaldía de Medellín y los grupos Bancolombia y SURA con su filiales en América Latina.

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