Tres perspectivas para potenciar el campo colombiano

El 4 de octubre de 2018, el Festival Gabriel García Márquez de Periodismo se convirtió en el escenario ideal para reunir a cuatro expertos de distintas disciplinas con experiencia en temas rurales con el fin de conversar sobre el potencial del campo colombiano, en el marco de una colaboración entre la FNPI y FAO Colombia desarrollada a lo largo de 2018: Leonor Espinosa, chef colombiana; Jaime Forero, economista y director del Observatorio Rural de la Universidad de La Salle; Felipe Macía, empresario y director de sostenibilidad de Crepes & Waffles, con la moderación de Julián Estrada, antropólogo y periodista culinario.

La charla “Los frutos de esta tierra: el potencial alimentario de Colombia”, como todas las actividades del Festival Gabo, fue de entrada libre y contó con la asistencia de periodistas, trabajadores del sector ambiental y agropecuario, amantes de la gastronomía y ciudadanos interesados en estos temas.

La conversación sembró la idea de que la transformación hacia un nuevo campo colombiano y la oportunidad de convertir a Colombia en una despensa global está en el valor patrimonial de la tierra y en la conexión entre lo urbano con lo rural. Este reto puede alcanzarse desde tres perspectivas:

1. Reconocer y visibilizar la biodiversidad

Colombia ocupa el segundo lugar entre los doce países con mayor diversidad biológica del mundo, después de Brasil. Esto se debe a que en el 2015 tuvo un registro de 54.871 especies, dentro de las que se incluyen más de 30 mil plantas. Además es el segundo país con más variedades de anfibios, peces de agua dulce y mariposas, el tercero más diverso en reptiles y palmas; y el cuarto con mayor cantidad de especies mamíferas, según el Sistema de Información sobre Biodiversidad de Colombia del Instituto Humboldt.

Sin embargo, parece que la dimensión de estos atributos fueran ajenos a sus habitantes, sobre todo cuando se evidencia que en Colombia hay 3.4 millones de personas subalimentadas y la mayoría de ellas viven en zonas rurales.

“Quizás la obsesión de Gabo por los frutos, que le da título a este conversatorio, viene de la noción de que la riqueza de los productos, territorios y ecosistemas de Colombia ha permanecido invisible,” mencionó el empresario Felipe Macía, director de sostenibilidad de Crepes & Waffles, una de las cadenas de restaurantes más importantes del país, que se ha convertido en un caso de referencia por su trabajo con comunidades rurales de productores.

Reconocer el valor patrimonial y económico del campo y visibilizar los atributos de su biodiversidad son algunas de las claves para contribuir al desarrollo de la Colombia rural.

Para Macía, el deseo porque se reconozcan todos estos elementos de riqueza ha sido una de las motivaciones para ejecutar varios de los proyectos sociales y ambientales de Creppes & Waffles. Uno de ellos busca visibilizar la producción de cacao en Tumaco (Nariño), una zona golpeada por la violencia, donde a pesar de las distintas adversidades, familias agricultoras producen uno de los mejores cacaos del mundo, que incluso ha ganado premios internacionales en Nueva York, Tokyo y París. “Normalmente el cacao industrial va de África a Amsterdam y luego llega a Colombia. Ahora en Tumaco tenemos uno de los mejores del mundo”, mencionó Macía.

Por medio de este proyecto Crepes & Waffles compró tres toneladas de cacao para fabricar productos del menú del restaurante.

Macía insistió en que es necesario que desde la academia y la industria se trabaje por reconocer y dar a conocer la originalidad del país. En su experiencia ha visto que existen infinitas posibilidades en la diversidad del territorio para suplir la notoria falta de oportunidades. “Tenemos que conectar el desarrollo con la identidad del país, no tenemos que dejar de ser nosotros para generar oportunidades para la gente y para la tierra”, añadió.

Esa necesidad de crear identidad con el patrimonio para convertirlo en motor de desarrollo también fue uno de los motivos que llevó a la chef colombiana Leonor Espinosa a crear su fundación FUNLEO. “Uno no puede pensar en generar desarrollo sin generar sentido de pertenencia”, dijo Espinosa. Contó que cuando visitaba comunidades para investigar acerca de su tradición culinaria le sorprendía que su hospitalidad la manifestaban preparando platos de otros litorales y no los de ellos.

Durante estos viajes evidenció que la mayoría de estas comunidades tenían problemas de acceso a los alimentos por factores como la violencia, el narcotráfico, la deforestación y la contaminación, pero que tenían una gran biodiversidad. “Me generaba conflicto que una comunidad con esa riqueza biológica tuviera esos problemas de pobreza monetaria”. Este fue el punto de partida para crear los programas que hoy lidera FUNLEO, donde predomina la construcción de oportunidades en comunidades indígenas y afro a partir de su patrimonio cultural y biológico.

Estas iniciativas sociales originarias de empresarios y profesionales de la alta cocina demuestran que hay un potencial en el propio territorio para contribuir al desarrollo que, además, es muy atractivo para reencontrar la Colombia urbana con la rural.

2. Innovar y capitalizar

La implementación de la Reforma Rural Integral (RRI), incluida en el Acuerdo de Paz firmado entre el Gobierno colombiano y las FARC, presenta una oportunidad para superar la pobreza y disminuir la desigualdad, pero requiere el esfuerzo conjunto del Estado, el sector privado, los organismos internacionales y de la sociedad civil.

Una forma de aprovechar esta oportunidad es con innovación para transformar el patrimonio en fuentes económicas en el sector rural. Esta estrategia fue un denominador común entre los proyectos compartidos durante la sesión.

Tras  identificar las necesidades de las comunidades por medio de su investigación, Leonor Espinosa ideó un proyecto sustentable para que las personas entendieran que el valor patrimonial de su tradición sí puede convertirse en desarrollo.

En Coquí, Chocó, a las orillas del Pacífico en una comunidad de 150 habitantes que viven en pobreza monetaria, FUNLEO creó un centro integral de gastronomía en el que funciona un restaurante, un centro de producción de aceite de coco y arroz, y un invernadero para cultivar especies locales.

Así mismo, la fundación desarrolla en Coquí un proyecto interdisciplinario con agencias de turismo, dado que desde ahí es posible experimentar el avistamiento de ballenas yubartas o jorobadas. También en el centro integral se producen bebidas fermentadas de origen indígena y afro que se ofrecen como maridaje en el restaurante. Todo esto ha permitido que la comunidad reconozca el potencial de su territorio como destino de turismo ecológico y gastronómico. “Trabajamos para innovar a partir del patrimonio biológico de las especies locales que pueden ser adaptables a la culinaria y generamos con todos estos productos un menú único y oportunidades comerciales para pequeños productores”, dijo Espinosa.

Este modelo de creación de oportunidades a partir de la innovación con el patrimonio también fue la plataforma para crear un proyecto que busca conservar una de las tradiciones musicales más representativas del folclor colombiano, la cumbia. El proyecto “Bosque Sonoro” implementado en el Carmen de Bolívar consiste en la creación de una reserva de dos hectáreas para cultivar especies que se utilizan para fabricar los instrumentos de la cumbia, como la Palma de Corozo, con la que se hacen guacharacas.

La iniciativa “Bosque Sonoro” surgió con el apoyo de Crepes & Waffles, la banda Monsieur Periné, la ONG Patrimonio Natural y la Escuela de Música Lucho Bermúdez, en Montes de María. “La economía es un subsistema de la ecología. Los bosques no solo regalan la vida, también nos dan cultura. Este ecosistema en Montes de María nos da la cumbia”, dijo Macía.

El éxito de esas iniciativas demuestra que la transformación no debe ser una amenaza para las tradiciones de las comunidades rurales siempre que existan fórmulas innovadoras para adaptar sus dinámicas a las del país.

3. Investigar y trabajar con los protagonistas

“Hoy los campesinos en Colombia aportan más del 60 por ciento del valor de la producción agrícola colombiana, 25 por ciento de la pecuaria y más de una tercera parte de todo lo que nos comemos,” dijo Jaime Forero, director del Observatorio Rural de la Universidad de La Salle de Bogotá.

Forero, quien ha dedicado su vida a la investigación del mundo agrario y campesino y que ha visitado más de 1.500 fincas para estudiar la producción campesina y empresarial en Colombia y otros países, admitió que cuando era un estudiante defendía la idea de que el desarrollo no iba a hacer viable la existencia de los campesinos. “Hoy cuando salgo al campo a estudiar a los campesinos veo que están ahí, que están vivos y encuentro que desarrollan estrategias para sobrevivir y defenderse, y que se adaptan a las condiciones ecosistémicas y al mercado”, añadió.

En este momento de transformación económica del país a partir de lo rural resulta necesario que quienes trabajan en la industria del agro y quienes formulan las políticas públicas actúen de la mano de la comunidad campesina y la hagan partícipe en el proceso con su experiencia, lo que representa una oportunidad para el encuentro entre lo rural y lo urbano.

Jaime Forero tuvo la oportunidad de estudiar la altillanura de los Llanos Orientales, una tierra que desde el punto de vista agrario es de las peores que tiene el país y donde se han dado modelos agroindustriales a gran escala para poder intervenir. Ahí conoció a un campesino que ha desarrollado su propia agricultura familiar y ha hecho sus propias fincas sin la tutoría de la agroindustria. “Restauró a su propia manera suelos que supuestamente solo se corrigen con inversión agrícola. Además, construyó un modelo de agricultura con una gran diversidad de productos y un sistemas de producción económicamente exitoso que supera hasta cinco veces la línea de pobreza”, dijo Forero.

El trabajo entre campesinos y empresarios también puede contribuir a idear fórmulas y herramientas para alcanzar esa meta de convertir a Colombia en una potencia productiva, sin sacrificar su biodiversidad. Según el experto, los campesinos colombianos han demostrado por años que ellos son capaces de adaptarse, construir sistemas de producción y generar gran parte de la oferta alimentaria para el país y el mundo.

“En Colombia tenemos cultivadas aproximadamente 9 millones de hectáreas y hay 20 millones por cultivar, que se usan solo en ganadería extensiva. El potencial es enorme, cabemos todos, pero también podemos destruir el ecosistema entre todos”.

En el mismo sentido, la gran pregunta que ha guiado el trabajo de Felipe Macía  es cómo evolucionar de una cultura y economía que está acabando con los fundamentos ecológicos de la tierra a una cultura y economía que comience a restaurarlos. Hasta ahora, en su búsqueda de respuestas a este interrogante, ha encontrado que las alianzas con los pequeños productores permiten cambiar la forma en que comemos y en que se producen los alimentos.

En Creppes & Waffles existe un sistema de compra para que los productos que utiliza el restaurante vengan de pequeños productores, y así ayudarlos a reconectar con el mundo urbano.

Leonor Espinosa, dentro de su proyecto en Coquí, también ha apostado por la investigación y en el centro de gastronomía hay un estudio biológico de especies promisorias que se pueden adaptar a la culinaria y que incluso ya se usa en sus restaurantes. Entre los resultados obtenidos han identificado que en el sur del Pacífico, por ejemplo, se dan especies como vainilla y canela.

De esta forma, estos expertos están creando más oportunidades para la población rural fomentado el acceso a productos de mayor calidad al resto del país, una de las formas de conectar Colombia como territorio a través de sus productos.

–Este artículo fue producido como parte de la alianza entre la FNPI y la FAO para promover el debate sobre la transformación del campo colombiano.

Sobre el Premio y Festival Gabo

Es convocado por la FNPI- Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano con el objetivo de incentivar la búsqueda de la excelencia, la innovación y la coherencia ética en el periodismo, con inspiración en los ideales y obra de Gabriel García Márquez y en la dinámica de innovación, creatividad y liderazgo que caracterizan a Medellín, Colombia.

El Premio y el Festival son posibles gracias a la alianza público-privada conformada por la Alcaldía de Medellín y los Grupos Bancolombia y SURA con su filiales en América Latina.

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