Discurso de Diego Martínez Lloreda, ganador del Reconocimiento Clemente Manuel Zabala 2018

Esta es una noche para dar las gracias.

Y voy a comenzar por agradecerle a Susana, mi compañera de todas las horas por el amor, la comprensión, la sabiduría y la paciencia que ha tenido durante las más de tres décadas que hemos compartido. Ella ha sido mi polo a tierra, el faro que siempre me ha guiado a buen puerto. Y además, me dio el mejor premio que he podido recibir en esta vida: Laura y Juan Diego mis dos maravillosos hijos, de quienes me siento tan orgulloso, porque son una versión nuestra muy mejorada.

En segundo lugar le agradezco a María Elvira Domínguez, directora y gerente general de El País, por el cheque en blanco que me extendió para desarrollar mi tarea en el periódico. Le agradezco también su cariño, su sentido común y la infinita tolerancia con la que ha manejado una testarudez sin límites como la mía.

Toda mi gratitud para Rigoberto Prieto, mi profesor de español en el Gimnasio Moderno, por haberme puesto a leer, cuando apenas cursaba el segundo de bachillerato, esa pequeña joya titulada Relatos de un Náufrago.

Gracias, Gabriel García Márquez, por haber escrito ese libro que habría de marcar mi destino. Como la mayoría de cosas que uno hace por obligación, sobre todo cuando se es adolescente,  tomé el libro con  aprehensión.  Y comencé a leerlo con desdén. Pero sucedió que desde las primeras páginas esa entrevista obró el milagro de captar la atención de aquel adolescente díscolo. La historia de Luis Alejandro Velasco, el marino que estuvo a la deriva durante diez días, luego de caer del barco de la Armada ARC Caldas, me atrapó. El libro, una compilación de entrevistas que fueron publicadas en El Espectador, destapó una vergonzosa trama de contrabando en la que estaban involucrados varios miembros de la Armada. Pero además es un relato vibrante, capaz de concentrar la atención, inclusive, de la dispersa mente de un niño en trance de convertirse en hombre.

Gracias, Maestro Gabo, porque cuando cerré la página 176 de ese libro concluí que yo quería dedicar mi vida a escribir entrevistas como esa.  42 años después de haber culminado esa lectura, aún no he logrado producir nada medianamente parecido, pero sigo intentándolo.

Gracias, Gabo, por haberme enseñado la importancia estratégica de la buena titulación, que a lo largo de los años en que me he desempeñado como editor he procurado transmitir a mis discípulos. Gracias por dejarme ver que el título es el gancho para atrapar al lector, la puerta que se abre para ingresar al mundo siempre imprevisible de los textos. Otra suerte muy distinta hubiera corrido la prolífica obra de García Márquez si en vez de haber escrito El Coronel no Tiene Quién le Escriba, hubiese escrito ‘Al coronel no le llega la pensión’; si en vez de Cien años de Soledad hubiese titulado ese libro portentoso ‘La zaga de los Buendía’; o si a Crónica de una Muerte Anunciada la hubiera llamado ‘La decepción de Bayardo San Román’; o si, finalmente,  hubiera llamado ‘Evocaciones de mis trabajadoras sexuales deprimidas’ a aquel postrer Memorias de mis Putas Tristes.

Gracias, Maestro Gabo, por haberme enseñado la precisión de las palabras, por haberme hecho entender que en nuestro español a cada hecho le corresponde la palabra precisa. Y ninguna otra.

Pero a lo largo de mi ya dilatado ejercicio periodístico he tenido otros maestros. A ellos también les quiero dar las gracias hoy.  Primero que todo, quiero agradecer a mi padre, Rodolfo Martínez, haberme inculcado, desde muy pequeño, que el éxito se compone de un 1% de talento y de un 99% de esfuerzo. Y a mi madre, por siempre haber creído en mí. No exagero cuando digo que en muchos momentos de mi adolescencia se requería tener mucha fe para creer en quien les habla.

A Rodrigo Lloreda, quien me otorgó el privilegio de ser su asistente en su última etapa como Director de El País. Le aprendí muchas cosas. Hoy le quiero agradecer dos enseñanzas tan sencillas como útiles: primero, no pelear con todo el mundo al mismo tiempo. En mis inicios como columnista, con cada escrito adquiría un nuevo enemigo. Resultado, al cabo de un tiempo tenía una multitud de contradictores y no sabía cómo administrar tantas enemistades, lo cual me impedía centrarme y profundizar en la denuncia más importante.

La segunda gran enseñanza que Lloreda me dejó fue nunca escribir nada en caliente. Cuando le llevaba algún escrito y él  veía la pasión y el sentimiento con el que había sido redactado, me pedía ponerlo en remojo durante unas horas, al cabo de las cuales podía apreciar los defectos que antes la calentura no me dejaba ver.

A Gerardo Bedoya, el inolvidable editor de opinión asesinado por el Cartel de Cali, le agradezco las decenas de veces que me devolvió una columna, bajo la convicción de que siempre había una frase que pulir o un  dato que complementar. De Gerardo, de su cáustica inteligencia, me quedó, entre muchas otras cosas, una reflexión inolvidable que no puedo dejar de compartir esta noche: “Diego, me dijo en alguna ocasión, ¿tú sabes cuál es la diferencia entre un buen abogado y un buen periodista? Pues que el buen periodista es el que dice más cosas con menos palabras y el buen abogado es el que dice menos cosas con más palabras”.

Y a Luis Cañón le doy gracias por haberme enseñado a manejar las grandes coyunturas informativas que surgen cuando menos se esperan. Le agradezco por haberme transmitido la importancia de, en ese momento crítico, tener la serenidad para hacer una alto y reunirse con todo el equipo de redacción, escuchar ideas, perfeccionar propuestas, planear procesos.

De esos aprendí a ser escéptico, a desconfiar de todo y de todos, en especial de los poderosos. Aprendí también que la verdad se encuentra en los sitios más insospechados. Y que quienes ejercemos este oficio nos debemos, antes que nada, a la comunidad que se informa y entiende el mundo a través nuestro. Gracias por esas enseñanzas.

Gracias, por último, a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, al jurado del premio Clemente Manuel Zabala por haberme otorgado el premio a un Editor Ejemplar. Para alguien que ha dedicado su vida entera al oficio periodístico no hay reconocimiento más honroso.

En mi caso, interpreto el adjetivo  ‘ejemplar’ en el sentido de que los editores enseñamos con el ejemplo. Los 34 años que he estado inmerso en la batalla periodística me enseñaron que para que los siempre escépticos y críticos reporteros respeten al líder de la redacción, este debe ser un “general de trinchera”: el editor tiene que estar metido con ellos en ese campo de batalla periodístico. Planeando, dirigiendo, corrigiendo, disparando, estando en la primera línea del frente de batalla. Arriesgando la piel. Es en esos momentos, en las más duras batallas periodísticas cuando el editor más enseña y más aprende. Solo así, un editor se gana el respeto de su redacción.

En la trafaga diaria de las redacciones el ejercicio periodístico es una enseñanza permanente. Todos los días, todos aprendemos. Los jóvenes reporteros aprenden de los veteranos observando cómo trabajan, acompañando los procesos informativos. Y sucede que en la redacción de El País yo no soy el más ejemplar, simplemente soy el más veterano. El que más batallas ha librado, el que más cicatrices tiene.

Esta noche, cuando recibo el reconocimiento más honroso de mi carrera, no puedo dejar de evocar una frase que Rodrigo Lloreda  dejó como legado a quienes debimos sucederlo en la trinchera periodística del periódico del que él fue, sin duda, gran mariscal: El País, más que una empresa, es una misión. Y si algo he entendido luego de tantos años de liderar equipos periodísticos es que, precisamente, ser editor no es un trabajo, es una misión.

Muchas gracias.

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