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“Orlando Sierra se aparece todos los días en el consejo de redacción de La Patria”: Fernando Ramírez

29 Septiembre, 2017
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Por: Juan Camilo Maldonado Tovar

Foto: Julián Roldán/ FNPI.

El día en que asesinaron a Orlando Sierra, Fernando-Alonso Ramírez regresó del almuerzo a la redacción de La Patria, en Manizales, más temprano que de costumbre. Por eso no se encontró con el subdirector del diario en el camino de vuelta, como era usual, y en cambio llegó solo a su puesto de trabajo a reanudar sus labores.

Cuando sonaron los tiros en la calle ese 30 de enero de 2002, se refugió justamente en la oficina de su jefe. Desde allí, vio por la ventana el cuerpo tendido en la calle, la gente que se arrimaba, los brazos recogiendo el cuerpo. Aunque las amenazas contra Sierra eran conocidas debido a las denuncias que lanzaba regularmente contra la clase política caldense desde su columna Punto de Encuentro, Fernando pensó que era otra la víctima.

Ágil y práctico, como siempre, llamó a la Policía. Dio la información de lo ocurrido. Entonces alguien dijo: es Orlando. Pero Fernando no lo creyó. Solo cuando vio a la hija del subdirector entrar desconsolada a la redacción, lo entendió. Y aún así, recuerda, “me pasó lo que siempre me pasa”: aisló todo, agarró el teléfono, llamó al alcalde, le dijo que hiciera alguna cosa, y luego se regresó a la redacción: “había que sacar un periódico al otro día, había que hacerlo”.

Durante los años que sucedieron al crimen, se escribieron cientos de artículos en La Patria que recordaron la impunidad del crimen, entre ellos una gran pieza, reporteada colectivamente y publicada al poco tiempo de ocurrido el asesinato por siete medios colombianos, en un ejercicio sin precedentes en el país que se llamó Proyecto Manizales. Trece años después, el 24 de diciembre de 2013, un juez condenó a 36 años de prisión al exdiputado liberal Ferney Tapasco como autor intelectual del asesinato, así como a dos coaturoes: los hermanos Fabio y Jorge Hernando López, a 28 años, 10 meses y 1 día de cárcel.

Esta semana, cuatro años más tarde, el editor Fernando-Alonso Ramírez, tuvo que sentarse en el cuarto de un hotel en Medellín, recordar esta lucha y, en memoria y honor de su mentor, escribir entre lágrimas el discurso de aceptación del Reconocimiento Clemente Manuel Zabala que entrega la FNPI en el marco del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo.

Un discurso cargado de dolor y sentido. Escrito, sobre todo, como un manifiesto crítico de reivindicación al periodismo regional y sus reporteros: “esas personas que se la juegan a diario en sus regiones por informar a sus coterráneos, todos esos que ningunean desde Bogotá, de esos corresponsales a los que sus jefes no les creen, de esos que quedan en riesgo por su medio cuando gente corresponsal vuelve a la comodidad de las capitales y suelta cualquier barbaridad sin reflexión alguna previa, en nombre de un país sometido a lo que he llamado el provincianismo a la inversa, que no es otra cosa que ese talento natural que tiene la mayoría de medios nacionales de sentar cátedra del país con base en la mirada de su propio ombligo”.

Sentado en el comedor del hotel Intercontinental de Medellín, la víspera de la entrega del premio, Fernando leyó el borrador de su discurso con el acento vehemente, enraizado, de arriero, el mismo con el que ha formado a generaciones de periodistas regionales en la sala de redacción, en los salones de clase, en la asociación Consejo de Redacción, donde hace parte de la Junta Directiva, y en la Fundación para la Libertad de Prensa, de la cual es el actual presidente. Una hora antes, comenzó su charla con nosotros.

Hace poco escribió que el asesinato de Orlando Sierra le enseñó que parte fundamental en la lucha contra la impunidad de un crimen, es la lucha de los dolientes directos. ¿Cómo y cuándo comenzó esa lucha en su caso?

Ahí mismo, el día en que lo mataron. ¿Qué hicimos en la redacción? Inspirados en el caso de José Luis Cabezas (fotoperiodista argentino, asesinado en 1997) dijimos: “ vamos a recordar el crimen de Orlando cada mes, cada seis meses, cada año…”. Si venía el Fiscal General de la Nación o la Procuraduría o la Policía, preguntábamos siempre por el caso. Se volvió una obsesión. Gracias a eso, logramos en dos ocasiones que el caso no se cerrara.

Usted cuenta que ese día su primera reacción fue bloquearlo todo y ponerse a trabajar.

Esta mañana comencé a escribir sobre eso y no fui capaz, me puse a berrear como un culicagado. Con el paso del tiempo, pienso que fue mi manera de protegerme. Yo nunca quise ir al hospital. Además, habíamos tenido, como siempre, un tropel por la mañana el verraco. Fue una situación muy compleja: Orlando seguía vivo, teníamos esa esperanza de que volviera. Ese día, a las siete de la noche, el jefe de redacción, Álvaro Segura, nos dijo que la recuperación sería muy lenta, así que él asumió la subdirección y yo me encargué de la redacción.

¿Por qué usted?

Yo hacía parte del grupo de periodistas, pero entendía muy bien la lógica de los jefes, era como un periodista bisagra. Y como no me puedo quedar callado… Al final nadie me eligió ni nada. ¡Personalidad de mierda esta de meterse en esas cosas!

¿Qué fue lo más difícil para usted a la hora de asumir ese liderazgo?

Fue muy duro. A mí lo que más duro me dio fue la imagen de los muchachos, sobre todo los más chiquitos, llorando y escribiendo. Jueputa… la responsabilidad es una cosa muy berraca. Creo que eso aún no lo superamos. Alguna vez lo hablé con una psicóloga especialista en el apoyo emocional a periodistas: nosotros nunca hicimos el duelo. Inclusive creo que en parte por mi personalidad: yo prefiero borrar y seguir.

¿Qué pasó durante los meses siguientes?

Hubo gente que se rompió. Se fueron del periódico. ¿Y yo? No estaba preparado para ese puesto. No me interesaba. Seguramente no supe guiar a los muchachos en esos momentos. Ellos reclamaban vainas que a mí no me parecían. Fueron días en que sonaba la frasecita…. “No, es que si Orlando estuviera….”. Y yo: “pero es que no está, y no podemos hacer nada. Me toca hacerlo y hacerlo de esta manera”. Hoy, todos hemos entendido que fue un momento en el que estuvimos crispados, un estrés postraumático que nunca tratamos.

¿Qué legado dejó Orlando Sierra en La Patria?

Orlando se aparece todos los días en el consejo de redacción. Citamos sus frases, que son como mantras: “donde hay un adjetivo falta un dato” o “húyale a los lugares comunes”. Cada vez que entrevisto a un muchacho que va a entrar, le digo: usted viene aquí, tenga en cuenta que este periódico se le debe a Orlando Sierra y no podemos ser inferiores a eso.

¿En qué consiste esa visión periodística?

En que somos periódico de denuncia, de contrapoder y de crónicas, historias de la gente del común. Un periódico que no claudica, que nunca se deja intimidar.

Ya que habla de eso… La Patria es un periódico regional en un país en que resulta ser más usual que un periódico le cobre a un político en campaña por sacarle una entrevista, que por ser una institución contestataria… ¿qué hace a La Patria o a Caldas diferente?

Los primeros responsables son los accionistas, los Restrepo, una familia de cafeteros y finqueros. Fueron ellos quienes se dieron cuenta de que el mundo había cambiado y que el periódico no podía seguir siendo un instrumento del Partido Conservador . Con Luis José Restrepo como director, se metieron en la locura de contratar periodistas egresados de facultad, una mano de culicagados que, pese a ser ignorantes de la vida, teníamos la ventaja de que no teníamos idea ni ligazón con la política. Restrepo le dio la misión a Orlando de renovar y traer periodistas de facultad. Ahí nos consiguió a todos: “el kínder de José”.

¿En qué más se tradujo el apoyo que les dieron los accionistas?

Nosotros logramos meter en el manual de estilo que el área comercial y la redacción no están superpuestos, y si hay algún tema (controversial), prima la redacción, lo periodístico. Ese ha sido siempre mi argumento. No sé cuanto me dure, pero hasta ahora me ha servido. Otra ventaja es que la nueva generación de los Restrepo no se interesó por la política o el activismo político. Por último, la empresa es muy sólida haciendo productos impresos comerciales, entonces no depende solamente de la publicidad, mucho menos de la publicidad local, pues buena parte de la pauta viene de Bogotá y Medellín.

¿Alguna vez ha tenido que conceder algo que lo haya incomodado?

No, muy poquito. Pendejadas: bajarle al título, que no es un tema crítico. ¿Pero no publicar? Nunca. La única vez que me censuraron era para que no me mataran.

¿Cómo fue eso?

Una historia que tengo literariamente escrita, también. Hubo dos grupos de abogados que se estaban matando en Manizales. Yo tenía la historia completa y el director de la época no me dejó. La publicamos después, cuando capturaron al principal responsable.

Si usted tuviera la posibilidad de liderar, al unísono, las redacciones de este país, ¿qué tarea les encomendaría?

Primero que todo, les prohibiría ir al parque de la 93. Los mandaría, en cambio, a tomar tinto a las cafeterías de los pueblos, y no a las de las plazas principales, sino a los alrededores, a la veredas donde están las fondas, porque este país está muy mal contado. Es un pecado que cometen los medos nacionales con el país, pero que también lo cometemos los de las capitales con nuestras regiones.

Y en términos de línea editorial, ¿hacia dónde deberíamos estar mirando los periodistas? ¿Qué preguntas no nos estamos haciendo en la Colombia de hoy?

No sería capaz de contestar cosas tan grandes. Pero hay una cosa clave: tenemos que hacer algo por bajarle el tono de la pelea. No podemos seguir exacerbando este país. Ahora, hay un tema clarísimo: el campo. Seguimos hablando de que esta paz es de las regiones, pero el campo está cada vez más empobrecido. También hay que hacer visible la cultura de la legalidad, demostrarle a los muchachos que esto se hace con esfuerzo, que el toque de midas no existe, que uno no se hace rico de la noche a la mañana sin delinquir, sin robar, sin corromper. Y finalmente, hay que contar las historias de los corruptos.

Usted preside actualmente la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), y ha dicho que gracias a esta organización usted se hizo activista. ¿Cuál es la diferencia entre el periodismo y el activismo?

Yo soy un activista de la libertad de expresión y el acceso a la información. Aquí y donde sea. Eso lo defiendo absolutamente y en eso difícilmente seré imparcial.

¿Pero cuál es la diferencia, por ejemplo, entre un buen periodista de derechos humanos y un activista en derechos humanos?

Si usted es buen periodista, seguramente también cuestionará a los defensores de derechos humanos cuando toque. El defensor de derechos humanos no cuestiona a sus pares, nunca. Nosotros informamos, tenemos que ser imparciales…

Quisiera ponerlo a conversar con Alejando Santos, director de la Revista Semana. ¿Qué opina de esta afirmación?: “La palabra parcializados es antipática y la objetividad es falaciosa. Ningún medio en el mundo es objetivo. Todos tienen su propia voz y su propia mirada. Y eso es lo que los hace más honestos y transparentes ante la opinión. Me parece hipócrita posar de objetivos cuando un medio es subjetivo. Un medio debe tener una personalidad y defender unos valores haciendo un buen periodismo”. 

Muy respetable, ojalá encuentre definición para la palabra falacioso. Todos tenemos nuestro corazoncito. Es difícil apartarse, pero yo sí creo que se puede hacer un periodismo imparcial y honesto.

¿Qué hace usted cuando su corazoncito se le atraviesa en el ejercicio periodístico?

Pregúntele a mis muchachos a ver qué dicen (se ríe). Yo tengo mi corazón metido en muchas partes. En literatura, por ejemplo, hay personajes que uno no puede permitir que la gente lea, sería ponerlos a perder el tiempo. Pero los muchachos me controlan, me dicen que se me va la mano, que hay que sacarlo. Lo mismo me pasa con los toros. Una ciudad como Manizales no puede permitir que se acaben los toros. Punto. Ahora, si hay un grupo anti taurino que arma una tertulia o que sale a gritar y a pintarse estúpidamente, uno los cubre y ¡sale!

Finalmente, hablemos de García Márquez. Usted dice que siendo muy joven participó en un taller con el Nobel y “le transformó su corazón”. ¿Por qué?

Yo me considero uno de sus discípulos. Cuando tenía como 23 años, en La Patria me inscribieron a un taller con Germán Castro Caycedo, y allá estaba él (Gabo). Yo era una tapia, había ido a un colegio público en Pensilvania, Caldas (es que no me ha tocado fácil en la vida…). Esa semana entendí la importancia del periodismo y los periodistas, conocí su obra periodística. A partir de ahí, lo que me encontraba suyo lo devoraba. En fin, esto que está aquí pasando, este reconocimiento, es el resultado de la FNPI. De algún modo, lo que él se propuso, se ha configurado con la entrega de este premio.

 

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