Frank Báez, el malabarista de la narración

El escritor dominicano Frank Báez, a sus 38 años, es uno de los nombres más relevantes de la literatura latinoamericana: obtuvo el Premio de Cuento Joven de la Feria Internacional del Libro gracias a su obra Págales tú a los psicoanalistas y fue elegido uno de los 39 mejores escritores latinoamericanos de ficción menores de 40 años por el Hay Festival en su edición de Bogotá 39– 2017. Al día de hoy, tiene ocho libros publicados y es el editor de la revista Ping Pong.

Incluso con una búsqueda en YouTube se puede encontrar parte de su trabajo: sus poemas musicalizados en complicidad con la banda El Hombrecito. Se trata de un performance en el que presenta sus poemas desde un ámbito musical y teatral sobre tonadas funk; resultando en un género conocido como spoken word.

Frank Báez se presentará en el Festival Gabo el sábado 30 de septiembre a las 6 p.m. en La Pascasia. Conversamos con él sobre su paso por diferentes géneros y formatos.

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Alguien que se desempeña como editor, cuentista, novelista y poeta podría caminar a menudo sobre una cuerda floja evitando perder el equilibrio al no inclinarse hacia uno u otro oficio más que a otros, buscando posiblemente hacer justicia con cada género. ¿Cuál podría ser la cuerda tensa para usted?

 Puede dar la impresión de que si uno hace tantas cosas al mismo tiempo no está profundizando en cada una como debe ser. Pero yo confío en que se puede, y la confianza me la dan muchos escritores y artistas que admiro, y que como yo, hacen malabares con diversos géneros.

Para esto uno debe saber cómo funciona cada género, es decir, cada género tiene sus reglas. Es como el baile: uno no puede bailar todos los ritmos de la misma manera, o se la pasará haciendo el papelón. Por eso, si uno quiere escribir cuentos o poesía o crónica uno debe conocer la tradición de cada género, a sus maestros y estar al tanto de lo que se está escribiendo. Y tan pronto se conoce la tradición, tan pronto uno se ha ejercitado, es posible exportar cosas de un género a otro.

También me parece que transitar entre varios géneros es una manera ideal para siempre estar escribiendo. Cuando uno termina un poemario se queda sin energía para escribir más poesía, por lo que uno puede pasar a escribir cuentos o escribir ensayos o hasta una novela. Por otro lado, y ya esto es algo personal, yo creo que en el fondo soy muchas personas y que estas personas deben expresarse de la manera en que le venga en gana.

¿Qué contribuye y qué coarta lo que usted ha denominado “la fusión ansiada entre literatura y música”?

Es difícil mezclar dos géneros y que funcionen bien. En ocasiones, lo que pasa es que se crea un comensalismo, es decir, un género que se aprovecha del otro o no deja avanzar al otro. Cuando colaboro en el colectivo tratamos de que música y literatura estén al mismo nivel. Es decir, que haya una colaboración entre ambos y que al mismo tiempo un género pueda sobrevivir sin el otro. Creo que al mezclar un género con otro puede aparecer algo nuevo. Eso puede sonar muy sofisticado, pero en el Caribe ha venido pasando en toda su historia. Así que esto no es una postura iconoclasta ni nada parecido. Más bien forma parte de una tradición transgresora que está en nuestro ADN.

¿Qué le comporta transitar por diferentes formatos con una expresión clara y resuelta?

Nietzsche dijo algo así como: “A mayor libertad de pensamiento, mayor disciplina”. Cuando uno quiere hacer tantas cosas y expresarlas de una manera original y distinta, debe dedicarle mayor tiempo. La aparente facilidad y claridad toma mucho más tiempo que la complejidad. Creo que fue Oscar Wilde quien le mandó una carta a alguien y le dijo: “perdona esta carta tan larga, es que no tuve tiempo para hacerla breve”.

¿A qué le atribuye la aparente caracterización de rezago o progresismo de muchos jóvenes poetas hoy? 

Es que el bosque es tan grande que no distinguimos los árboles. Hay mucha gente haciendo poesía, muchos poetas escribiendo. Creo que tendrá que pasar toda una generación para que la gente se dé cuenta de lo que se hizo en esta época. Sin embargo, yo leo mucha poesía reciente y sigo un montón de poetas que me encantan. A cada rato alguien habla de la muerte de la poesía, de la muerte de la novela o de la muerte del cine, pero eso se debe a que es más sencillo volver a los clásicos que son infalibles y a los referentes manidos y usarlos de ejemplo, que aproximarse a lo que se está creando en el momento. Es un fenómeno que siempre pasa. Lo que uno tiene que hacer, como espectador y lector, es dejarse llevar de la musiquita que le gusta y bailarla. Y hay música y belleza para todos.

Aquí destacamos algunos imperdibles del trabajo de Frank Báez:

‘Spoken Word’

 El Hombrecito – La Marylin Monroe de Santo Domingo

MAGOS

¿Dónde se habrán ido los magos

que contrataban en los cumpleaños

de mi infancia y que solían vestir

con frac, sombrero y capa?

 

¿Quién habrá heredado sus barajas,

sus manuales, sus conejitos,

sus varitas mágicas?

 

Esas niñas que metían en un baúl,

que las cortaban con un serrucho por mitad

y que luego volvían a ensamblar,

esas niñas de las que todos

estábamos enamorados,

¿qué habrá pasado con ellas?

¿habrán engordado?

 

¿tendrán nietos?

¿seguirán creyendo en la magia?

 

Y los muñecos que los ventrílocuos

sentaban en sus rodillas,

¿quién los habrá heredado?

¿en qué armarios envejecen

ajados, atónitos, callados?

 

Recuerdo un mago que me pidió

que agarrara dos pelotitas de hule

y que las apretara en el momento

que entonara sus palabras mágicas.

 

El truco funcionó y mis manos

se llenaron de tantas pelotitas de hule

que hasta se me escurrían

de los dedos y caían en el suelo.

 

Por supuesto, es un truco barato

 

que conoce cualquier principiante.

Pero nunca lo he olvidado y aún hoy

cuando me deprimen los desastres,

las arrugas y los estragos del tiempo

aprieto las manos como si fuera posible

sentir las pelotitas de hule

que siguen ahí, que no han caído.

 

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