Javier Darío Restrepo
Colombia

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Por Renata Cabrales

Javier Darío Restrepo era un niño de unos 7 u 8 años. Le gustaban los “paquitos” o tiras cómicas. Se entusiasmó tanto con una revista, que después de asegurarse que no lo estuvieran viendo en el almacén donde estaba, la tomó y se la guardó en el saco, convencido de que había logrado el robo perfecto. Resulta que el dueño, contrario a lo que él imaginaba, sí lo estaba siguiendo y le avisó a su padre, quien lo obligó a regresarla.

  •  El que se apropia de algo que no es suyo es un ladrón. Y los ladrones tienen una vida muy difícil. 

Fue su primera lección de ética. El relato lo hace sentado en el sofá de su apartamento, ubicado en el barrio bogotano que lleva el nombre del primer papa que besó tierra colombiana hace ya 46 años: Pablo VI. Desde allí, en medio de los gritos de los niños que aún disfrutan jugando la pelota, el hombre que prefiere no acordarse de ciertos nombres para no ser indiscreto, resuelve dudas que le llegan de diversas partes del mundo. Una iniciativa que los periodistas conocemos como el Consultorio Ético de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, una tarea que lleva haciendo 14 años y con la que ha resuelto más de 1.400 inquietudes y dilemas propios del oficio a periodistas, directores y editores de medios, estudiantes y profesores.

Realmente poco tiempo para todo lo que Javier Darío Restrepo, sacerdote por 17 años antes que periodista, tiene por contar. Además de sus labores en el Consultorio, dirige hace cuatro años la revista Vida Nueva, “una voz en la Iglesia”, que le exige estudiar, investigar y escribir mucho. Solo asiste a una reunión semanal. Del resto todo lo hace por internet, un tema sobre el que últimamente le llegan muchas preguntas.

  • El periodista parte de la creencia de que para Internet se necesita un código de ética distinto. No. Es el mismo. Los deberes del periodista han sido los mismos desde que se inventó la escritura, solo que han tenido un desarrollo a medida que las tecnologías cambian. Cuando apareció la radio, que permitía transmitir en el mismo momento en el que estaban sucediendo los hechos, se le planteó a los periodistas la desaparición del factor tiempo y el factor espacio. Y es allí cuando comienzan a valorar que el tiempo es indispensable para pensar lo que sucede.

En un medio donde todo se transforma tan rápido, como Internet, hace énfasis en la necesidad de mirar con mucho más cuidado para quién y para qué se hace la información en red.

  • El amo que yo respeto es el receptor de la información, y a través de él a toda la sociedad. A mí no me interesa ni tiene por qué interesarme el gobierno ni el director del medio. Todos ellos están al servicio del receptor de la información. Informo para satisfacer la curiosidad de la gente o para ayudarle a tomar buenas decisiones, y de acuerdo con el interés superior que es el bien común. ¡Que Shakira va a tener un hijo!, eso satisface la curiosidad, pero no le es útil al bien común.

Algo que empezó a descifrar a los 14 años cuando estudiaba en el Seminario de Manizales y creó con un amigo un periódico mural al que bautizaron ‘La Bagatela’, que recogía información sobre las olimpiadas deportivas que se realizaban en la institución. Lo que más le impactó de aquella experiencia fue ver cómo la gente en grupos y casi que a codazos trataba de leer lo que habían escrito. Fue su primera percepción del poder que tiene la palabra escrita y la información. Una impresión que todavía la siente hoy.

  • A partir de ese momento todo lo que tenía que ver con información y con escribir me impresionaba. Recuerdo a un compañero con quien comenzamos a leer El Quijote, una lectura rociada con vino en los distintos paseos o lugares a donde íbamos. Nací para el periodismo y lo descubrí con ocasión de ese periódico mural. 

Paisano de la Madre Laura, privilegio que le dio la vida al nacer en Jericó, Antioquia, Javier Darío Restrepo ha parido 28 obras, pues como él mismo ha dicho “los periodistas estamos embarazados de libros por las tantas experiencias que se nos van acumulando”. Y precisamente su último “hijo” es sobre la santa Laura. Las referencias religiosas lo han acompañado durante toda su vida, así que no es gratuito que su primera obra ´Puebla para el pueblo´, haya nacido también de sus experiencias cubriendo la Conferencia Episcopal de Puebla, en México, realizada en 1979. Como tampoco lo es que durante los años más recientes se esté dedicando a una publicación que está centrada en el servicio a los demás.

  • Lo importante de la ética no son los códigos sino la obediencia de cada ser humano a un mandato que lleva consigo mismo: ser excelente. Lo más contrario a la naturaleza humana es estar estancado. Y lo más lógico dentro de la ética es ese impulso constante a ser mejor.

Solamente transcurrió un año y medio de su vida en el pueblo antioqueño enmarcado entre montañas, pues sus “viejos” no encontraron posibilidades ni futuro en Jericó, de donde los expulsó la crisis económica de los años 30, época en la que se acentuaron las movilizaciones campesinas y obreras, y Colombia vivió los primeros gobiernos liberales en casi medio siglo. Ya instalados en Armenia, donde transcurrió su infancia, recuerda con una tranquilidad que asombra el llamado ‘Club de los suicidas’, una organización con cuota de admisión y sostenimiento, en la que si un miembro resultaba ganador del inclemente sorteo que hacían, debía terminar con su vida. Javier Darío Restrepo tenía apenas unos 7 años y vivía con su familia en una casa que quedaba en la vía que conduce al hospital. En varias ocasiones le tocó ver los tropeles de gente que llevaban al último que se había suicidado con la esperanza de que le pudieran salvar la vida.

Una cruda imagen que se sumaría a las tantas más que años después registraría en la pupila de su alma siendo reportero de la televisión colombiana durante 28 años, un oficio que lo llevó a cubrir guerras foráneas y propias como la de El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Las Malvinas, Israel, el Líbano y Colombia. Antes de llegar al noticiero 24 horas dirigió por pedido de Alberto Dangond un programa que lo obligaba a viajar por toda Colombia haciendo crónicas de diversos temas. Ese contacto con las realidades, de verlas, tocarlas, oírlas, olerlas, de poner en acción todos los sentidos, y al mismo tiempo pensar, lo marcó.

  • – Siempre le encontré a la televisión una gran limitación: es una información hecha para los sentidos, pero que no estimula la inteligencia. Y es la falla que uno sigue viendo. Hay una tiranía en la televisión, que es la tiranía de la imagen y la del tiempo. Tienes que contar el tiempo por segundos, mientras que cualquier orador del Congreso cuenta el tiempo por periodos. 

Ganador de diversos premios de periodismo entre los que se cuentan, no para el ego, sino como muestra de la suma de experiencias, el del Círculo de Periodistas de Bogotá, los Simón Bolívar, los San Gabriel del Episcopado Colombiano, entre otros, Javier Darío Restrepo siempre tuvo la sensación de que al informar vivía existencias distintas a la suya. Llegar a un pueblo que estaba habitado solo por viudas, porque a todos sus esposos los había matado la violencia guerrillera, lo impactó, y lo llevó a reflexionar sobre el profundo respeto que merece el entrevistado.

  • Averigua qué fue lo que sucedió, pero no pongas a las víctimas a llorar ante la cámara, porque es tanto como utilizar comercialmente el sufrimiento ajeno, y eso es indigno. 

Javier Darío hace énfasis en el “formidable” instrumental tecnológico con el que cuentan las cadenas de televisión en la actualidad, mientras que él por mucho tiempo tuvo que esperar el “turnito” en Telecom para poder mandar el material vía satélite. La otra gran diferencia es el predominio de lo comercial en la televisión. En su época había un “cierto predominio político”, puesto que los noticieros se entregaban a los jefes partidistas.

  • Comparo la influencia que en esa época tenía lo político con la influencia de lo comercial hoy, y encuentro que los políticos eran inocentes. Claro que estoy hablando de un oxímoron al hablar de políticos inocentes. 

Publicó columnas de opinión en diarios nacionales como El Espectador, El Mundo, El País, y El Tiempo, donde también fue defensor del lector entre 1997 y 1999. De todas esas experiencias fue en El Colombiano, de Medellín, donde más tiempo desarrolló sus labores de columnista, diario del que salió después de 17 años por una anunciada “reorganización de las páginas de opinión”, una decisión que fue interpretada por él como una mentira piadosa, pues se volvió vox populi que la visión que tenía de los hechos políticos, especialmente del gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez, no era compartida por las directivas del medio antioqueño. En la actualidad sigue publicando su columna en el diario El Heraldo de Barranquilla.

  • Qué es opinión. Es un estado intermedio entre la certeza y la duda. El columnista está en la mitad, buscando absorber las dudas y llegar a certezas. Pero esa tarea de búsqueda es precisamente la que da lugar a la opinión. No hace bien su papel de columnista el que dogmatiza. Si yo digo que este gobierno es una peste o es impecable, los dos son dogmas. Lo que debo hacer es reunir elementos que le permitan al lector llegar a sus propias conclusiones. 

Por eso su principio de actuación en el Consultorio Ético que dirige, no es declarar a alguien inocente o culpable. Para él, que también es maestro de la fundación de Gabriel García Márquez desde 1995, en la ética no hay más juez que uno mismo sobre sus propias acciones, una contradicción teniendo en cuenta que en muchas ocasiones los periodistas tienden a ser jueces.

  • Es que eso de sentirse magistrado y juzgando a los demás alimenta mucho el ego. Y si una debilidad tenemos los periodistas es que somos inmensamente arrogantes.

En medio de la conversación surge la necesidad de hablar del papel que están desempeñado los blogueros y cómo se conectan con la audiencia. Los blogs han permitido que se conozcan distintos aspectos de la opinión y que la gente se pueda expresar, recuerda quien también ha impartido clases en universidades como la Bolivariana de Medellín, de Antioquia, Javeriana y los Andes. Lo que era un monopolio del periodista, con los blogs ya hace parte de las posibilidades de cualquier ciudadano. Insiste, sin embargo, que el periodista tiene un compromiso adquirido con la opinión pública, y el bloguero solo tiene un compromiso consigo mismo.

Dos cosas en especial tienen confundidos a los periodistas hoy; por un lado el impacto de la crisis económica en los medios, que cada vez arroja más reporteros a la calle y no precisamente para hacer reportería, y por el otro, el choque con las gerencias de las organizaciones periodísticas, que tienden a orientar la información para mantener contentos a los clientes que les pautan. Un enfrentamiento que termina siendo muy doloroso, pues en el medio surge un debate entre el empleo que necesita el periodista y su conciencia.

  • – Lo que sigue es conciliar los dos intereses. No tanto para hacer que uno de los dos disminuya su urgencia, gravedad o su sentido del deber, sino para analizar cómo hay unos elementos comunes y cómo el periodista puede llegar a cumplir su tarea sin entrar a deteriorar los intereses de la organización. 

Javier Darío ya perdió la lista de todos los periodistas que ha capacitado en América Latina, y aunque nunca pisó una facultad para estudiar periodismo, pues siempre fue empírico, sí considera necesario que los estudiantes pasen por una facultad. Asegura que la universidad ayuda a organizar el pensamiento y brinda unos elementos no suficientes, pero necesarios, que se complementan después con la acción en las salas de redacción o en la calle.

  • – La calle tiene unos componentes indispensables para hacer periodismo: el contacto, respirar el ambiente, estar con los otros, sentir las cosas (…). El periódico se hace gastando la suela de los zapatos, buscando la noticia. La información virtual le está haciendo perder humanidad al periodismo. 

Y para ser periodista, hay que ser mejor ser humano, una sentencia que aprendió del periodista que más ha admirado en su vida: Ryszard Kapuściński. No se pueden divorciar ambas condiciones.

  • Si eres un pésimo ser humano, fatalmente serás un pésimo periodista. 

Una condición que parte de la búsqueda por ser mejor cada día en todos los sentidos, y que tiene como motor la autocrítica y la crítica, algo en lo que insiste y para lo que se debe tener eso que Javier Darío considera un bien escaso por estos días: humildad. De tantas recomendaciones dadas, les sugiere a los periodistas ir haciéndose a una piel “durita”, que soporte escuchar que algo pudo haber sido hecho de mejor forma o que definitivamente se equivocó.

  • Cuando no te autocríticas te estancas. Y el estancamiento acaba con periodistas y medios de comunicación.

Tan definitiva como la autocrítica, resulta la transparencia en una organización periodística, la que compara con un carro sin vidrios polarizados. Más aún, un medio debe contarle con disciplina a sus lectores de dónde provienen sus ingresos y quiénes son los que más pautan. Y cuando pasa eso aumenta la credibilidad y, por consiguiente, la influencia.

  • ¿Qué es tener influencia? Es poder estar presente en el lugar donde se toman las decisiones: en la conciencia de las personas.

La ética, en definitiva, es según Javier Darío Restrepo un saber práctico. No es un asunto de discursos, de “sermoncitos”, de editoriales. No. Es de hechos. Una razón que podría explicar porqué el Nobel de Literatura colombiano era un hombre que Javier Darío Restrepo percibía como callado. Sabía el alcance que tenían sus palabras y supo resumir en una frase muy corta una de sus tantas genialidades:

  • En el periodismo la técnica y la ética siempre van juntas, son tan inseparables como el zumbido del moscardón. 

Los dones de Javier Darío Restrepo

Alma Guillermoprieto, periodista, escritora y maestra de la FNPI

Darío Restrepo es un ejemplo de modestia, sencillez, sabiduría y generosidad. Con estos dones se ha regalado a los demás por generaciones enteras, y somos muchos –muchos de verdad– los que vivimos agradecidos por sus consejos y su ejemplo. 

Tiene, además, el gran don de la tranquilidad. Una vez nos tocó estar juntos en un festival literario en Ravenna, Italia. Para llegar había que hacer cambio de avión en Madrid. Como a mí alguna vez, a Javier Darío le toco perderse en el frío laberinto de Barajas, y perder en consecuencia el vuelo a Italia. Tuvo que esperar en el aeropuerto la noche entera. En la misma situación yo hubiera pataleado y lamentado mi desgracia una semana entera, pero cuando bajé a desayunar en el hotel de Ravenna a la mañana siguiente del percance de Javier Darío, me lo encontré sentadito en un asoleado rincón del restorán; ya bañado, rasurado y desayunado, y con su sonrisa suave de siempre.   

¡Pero Javier Darío! ¡Qué te pasó, por Dios! Pobrecito, ¡qué barbaridad! ¿Estás bien?

“Perfectamente”, contestó. “Fue una excelente ocasión para leer tranquilo, y las horas se pasaron volando”. Me gustaría parecerme, aunque fuera un poquitito, a él. 

Ginna Morelo, periodista y alumna de Javier Darío Restrepo

Un de las lecciones del maestro Javier Darío cuando impartió uno de sus talleres en El Meridiano de Córdoba fue: “Cuando avances, no mires al otro, ponte en su vestido”.

Muchos años después, al verme, me habló al oído y me dijo. “Te veo vestida de los demás”. “Solo lo intento, maestro”, le dije ruborizada.

Alberto Salcedo Ramos, escritor y maestro de la FNPI

Javier Darío Restrepo es un maestro, y por eso es necesario. Él nos orienta, nos da ejemplo, nos hace sentir siempre orgullosos del oficio. Javier Darío ha sido reportero, narrador, y además sabe conceptualizar sobre el oficio. Yo siempre que me lo encuentro pienso: qué lindo es ejercer un oficio donde uno tiene como referente a un profesional tan íntegro, tan perspicaz y tan hermoso. Una vez lo entrevisté en su casa y me contó esta historia: él estaba en Nicaragua cubriendo un conflicto. Un día se le dio por tomar agua cruda, y se enfermó. Cualquier periodista común hubiera tomado aquello como un simple gaje del oficio: Javier Darío, no: se sintió mal porque, según me dijo, él debería haber sabido que si tomaba esa agua podría enfermarse y dejar de cumplir su trabajo. Jamás he olvidado esa lección de humildad y de grandeza”.

Estoy contento y agradecido por este premio. A esta alegría se le agrega la de recibirlo en compañía de la colega mejicana Marcela Turati, cuya vida de periodista he seguido con orgullo y admiración desde la entrega del premio que ganó en la tercera promoción con su trabajo Muerte en el desierto, publicado en tres entregas en el periódico Reforma. La vi formar un grupo que se denominó Periodismo de la Esperanza, que ahora es Periodistas de a pie, con el que los periodistas mejicanos le hacen frente al acoso y las agresiones del narcotráfico y la corrupción. Siento un gran orgullo de estar con ella en este lugar.

El agradecimiento por todo esto va para Jaime y el Consejo Rector.

Este es el primero de tres mensajes que quiero comunicarles.

Sobrevuela esta sala ese espíritu de alas enormes de Gabriel García Márquez. Me honra recordar que todo esto comenzó cuando, con él, hice el primer taller de ética. Desde una esquina del corredor veíamos entrar a los participantes y fue allí, entre comentarios, cuando apareció ese principio rector: la indisolubilidad entre ética y técnica en periodismo. Como el zumbido y el moscardón, fue la rúbrica que él le puso a la idea. Ese taller fue su iniciativa, en ese taller estuvo presente y participante, y ese taller con él es uno de mis más entrañables recuerdos.

Aquello culmina en este homenaje que, como todos los honores, esconde el peligro de la vanidad y el ensoberbecimiento, demonios que deben ser exorcizados. Los exorcizo buscándole su sentido a este honor. En efecto, este es un homenaje a esos periodistas que entienden la ética como un llamado insoslayable a la excelencia personal y profesional. Cuántos de ellos aquí.

Siento aquí la presencia de los que ante el brillo ofuscador de la tecnología digital, no han dejado perder la esencia de su profesión y, por el contrario, la han fortalecido al incorporar las más novedosas aplicaciones de la tecnología a su propósito de informar para la inteligencia y de cambiar algo en el mundo, todos los días. Ellos conservan su identidad profesional entre los anuncios apocalípticos sobre la desaparición de la profesión en el altar de las nuevas tecnologías, porque pisan la tecnología como un peldaño hacia la excelencia. Todos ellos le dan un sentido a este premio. Cuántos de ellos están aquí.

Entre ese desfile de sombras bienhechoras e inspiradoras siento la energía de los que han hecho del ejercicio profesional un acto de heroísmo que todos los días se renueva. Sitiados, acosados, urgidos al silencio por gobernantes que no se resignan a ver el poder de la información en otras manos, han asumido el periodismo como una misión. Y las misiones se cumplen a pesar de todo. Siento que este es un homenaje para ellos y que muchos están en esta sala.

Y en un tercer y último mensaje quiero compartir con ustedes el hallazgo que Ernesto Sábato hizo cuando visitó en la isla Lanzarote la casa de su amigo José Saramago. Curioseando, descubrió que todos los relojes estaban detenidos en las cuatro de la tarde. ¿Por qué? preguntó. Porque esa es la hora en que nos conocimos, le respondió José con el rostro iluminado. La otra sorpresa la encontró en el estudio: un poema para Pilar, la esposa del nobel portugués. Me sorprendí haciendo una paráfrasis de aquellos párrafos y donde decía Pilar leí Gloria, el nombre de mi esposa

Esta es la paráfrasis, con mis agregados

Yo leo y escribo. Y mientras tanto Gloria va al mercado, hace fila en el banco, pasa por la farmacia con la fórmula de mis medicinas, pregunta en la lavandería, regresa a casa y atiende el teléfono, actualiza mi agenda, recoge la correspondencia, los periódicos y las revistas, pregunta por los pasajes para un próximo viaje de trabajo, hace las tareas con la hija estudiante; se sumerge en un pozo de silencio y es porque está dibujando paisajes con su aguja y sus hilos de colores. De pronto la oigo salir: se ha ido para el colegio porque a la niña se le quedó olvidado un cuaderno. Regresa, entra y sale, sube y baja por las escaleras y, ya tarde, la oigo subir hasta la mansarda donde yo leo y escribo. Trae una taza de café, se sienta delante de mi escritorio y dice con tono de preocupación: ¿estás cansado? Y mientras bebo mi café, me cuenta las noticias que ha oído en la calle o hablando con las vecinas, hermosa y fresca como una rosa.

Si he tenido el atrevimiento de traer aquí tanto detalle doméstico y personal es porque ahí está la clave de lo que aquí se premia. Sin Gloria entonces, y ahora sin la herencia que ella me dejó en nuestras hijas Gloria Inés y María José, mi vida sería otra cosa. Por eso les quiero pedir que el aplauso que tenían preparado, sea para ellas, los tres ángeles de mi vida. Muchas gracias.

Fallo del Consejo Rector

Ícono del periodismo colombiano, Javier Darío Restrepo ha trabajado como reportero y columnista de medios impresos, radio y televisión, desde 1957. Ha cubierto guerras, concedido voz a los invisibles, investigado con lucidez los problemas de un país, desde el oficio cotidiano del reportero. Versátil en la escritura, lo ha sido también en el periodismo televisivo, en el que se le recuerda por sus informes documentados sobre problemas que el escudriñaba con paciencia e imaginación. Realizó su tarea de defensor del lector de El Tiempo en Bogotá y El Colombiano en Medellín, con una justicia a toda prueba, un conocimiento detallado del oficio periodístico y una atención indudable a los requerimientos de los lectores, a quienes siempre ha considerado como ciudadanos de primera.

Pero quizás una de sus facetas más estimadas, ha sido su compañía permanente a los periodistas, con quienes camina como un compañero más, los aconseja y les da ejemplo. Durante años ha conducido talleres de ética periodística, ha dado clases, charlas y conferencias, pero, sobre todo, semana tras semana, ha analizado con los periodistas de Colombia y todo el continente sus preocupaciones éticas, de modo que cada caso que se le ha planteado en el Consultorio Ético en línea de la FNPI se ha convertido en un aprendizaje, una lección de vida.

Releer sus análisis en el Consultorio es reconstruir un mapa de las tensiones y los conflictos que viven a diario los periodistas en esta parte del mundo y reafirmar que es posible construir una información en que sea inseparable el zumbido del moscardón.

Por todo ello, por esa indeclinable vocación de periodista que ha sabido recrear durante tantos años y que es un ejemplo para las nuevas generaciones, el Consejo Rector, le concede a Javier Darío Restrepo el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo en la categoría de Excelencia.

La excelencia como único camino

Por Renata Cabrales

Javier Darío Restrepo era un niño de unos 7 u 8 años. Le gustaban los “paquitos” o tiras cómicas. Se entusiasmó tanto con una revista, que después de asegurarse que no lo estuvieran viendo en el almacén donde estaba, la tomó y se la guardó en el saco, convencido de que había logrado el robo perfecto. Resulta que el dueño, contrario a lo que él imaginaba, sí lo estaba siguiendo y le avisó a su padre, quien lo obligó a regresarla.

    • El que se apropia de algo que no es suyo es un ladrón. Y los ladrones tienen una vida muy difícil. 

Fue su primera lección de ética. El relato lo hace sentado en el sofá de su apartamento, ubicado en el barrio bogotano que lleva el nombre del primer papa que besó tierra colombiana hace ya 46 años: Pablo VI. Desde allí, en medio de los gritos de los niños que aún disfrutan jugando la pelota, el hombre que prefiere no acordarse de ciertos nombres para no ser indiscreto, resuelve dudas que le llegan de diversas partes del mundo. Una iniciativa que los periodistas conocemos como el Consultorio Ético de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, una tarea que lleva haciendo 14 años y con la que ha resuelto más de 1.400 inquietudes y dilemas propios del oficio a periodistas, directores y editores de medios, estudiantes y profesores.

Realmente poco tiempo para todo lo que Javier Darío Restrepo, sacerdote por 17 años antes que periodista, tiene por contar. Además de sus labores en el Consultorio, dirige hace cuatro años la revista Vida Nueva, “una voz en la Iglesia”, que le exige estudiar, investigar y escribir mucho. Solo asiste a una reunión semanal. Del resto todo lo hace por internet, un tema sobre el que últimamente le llegan muchas preguntas.

  • El periodista parte de la creencia de que para Internet se necesita un código de ética distinto. No. Es el mismo. Los deberes del periodista han sido los mismos desde que se inventó la escritura, solo que han tenido un desarrollo a medida que las tecnologías cambian. Cuando apareció la radio, que permitía transmitir en el mismo momento en el que estaban sucediendo los hechos, se le planteó a los periodistas la desaparición del factor tiempo y el factor espacio. Y es allí cuando comienzan a valorar que el tiempo es indispensable para pensar lo que sucede.

En un medio donde todo se transforma tan rápido, como Internet, hace énfasis en la necesidad de mirar con mucho más cuidado para quién y para qué se hace la información en red.

  • El amo que yo respeto es el receptor de la información, y a través de él a toda la sociedad. A mí no me interesa ni tiene por qué interesarme el gobierno ni el director del medio. Todos ellos están al servicio del receptor de la información. Informo para satisfacer la curiosidad de la gente o para ayudarle a tomar buenas decisiones, y de acuerdo con el interés superior que es el bien común. ¡Que Shakira va a tener un hijo!, eso satisface la curiosidad, pero no le es útil al bien común.

Algo que empezó a descifrar a los 14 años cuando estudiaba en el Seminario de Manizales y creó con un amigo un periódico mural al que bautizaron ‘La Bagatela’, que recogía información sobre las olimpiadas deportivas que se realizaban en la institución. Lo que más le impactó de aquella experiencia fue ver cómo la gente en grupos y casi que a codazos trataba de leer lo que habían escrito. Fue su primera percepción del poder que tiene la palabra escrita y la información. Una impresión que todavía la siente hoy.

  • A partir de ese momento todo lo que tenía que ver con información y con escribir me impresionaba. Recuerdo a un compañero con quien comenzamos a leer El Quijote, una lectura rociada con vino en los distintos paseos o lugares a donde íbamos. Nací para el periodismo y lo descubrí con ocasión de ese periódico mural.

Paisano de la Madre Laura, privilegio que le dio la vida al nacer en Jericó, Antioquia, Javier Darío Restrepo ha parido 28 obras, pues como él mismo ha dicho “los periodistas estamos embarazados de libros por las tantas experiencias que se nos van acumulando”. Y precisamente su último “hijo” es sobre la santa Laura. Las referencias religiosas lo han acompañado durante toda su vida, así que no es gratuito que su primera obra ´Puebla para el pueblo´, haya nacido también de sus experiencias cubriendo la Conferencia Episcopal de Puebla, en México, realizada en 1979. Como tampoco lo es que durante los años más recientes se esté dedicando a una publicación que está centrada en el servicio a los demás.

  • Lo importante de la ética no son los códigos sino la obediencia de cada ser humano a un mandato que lleva consigo mismo: ser excelente. Lo más contrario a la naturaleza humana es estar estancado. Y lo más lógico dentro de la ética es ese impulso constante a ser mejor.

Solamente transcurrió un año y medio de su vida en el pueblo antioqueño enmarcado entre montañas, pues sus “viejos” no encontraron posibilidades ni futuro en Jericó, de donde los expulsó la crisis económica de los años 30, época en la que se acentuaron las movilizaciones campesinas y obreras, y Colombia vivió los primeros gobiernos liberales en casi medio siglo. Ya instalados en Armenia, donde transcurrió su infancia, recuerda con una tranquilidad que asombra el llamado ‘Club de los suicidas’, una organización con cuota de admisión y sostenimiento, en la que si un miembro resultaba ganador del inclemente sorteo que hacían, debía terminar con su vida. Javier Darío Restrepo tenía apenas unos 7 años y vivía con su familia en una casa que quedaba en la vía que conduce al hospital. En varias ocasiones le tocó ver los tropeles de gente que llevaban al último que se había suicidado con la esperanza de que le pudieran salvar la vida.

Una cruda imagen que se sumaría a las tantas más que años después registraría en la pupila de su alma siendo reportero de la televisión colombiana durante 28 años, un oficio que lo llevó a cubrir guerras foráneas y propias como la de El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Las Malvinas, Israel, el Líbano y Colombia. Antes de llegar al noticiero 24 horas dirigió por pedido de Alberto Dangond un programa que lo obligaba a viajar por toda Colombia haciendo crónicas de diversos temas. Ese contacto con las realidades, de verlas, tocarlas, oírlas, olerlas, de poner en acción todos los sentidos, y al mismo tiempo pensar, lo marcó.

  • Siempre le encontré a la televisión una gran limitación: es una información hecha para los sentidos, pero que no estimula la inteligencia. Y es la falla que uno sigue viendo. Hay una tiranía en la televisión, que es la tiranía de la imagen y la del tiempo. Tienes que contar el tiempo por segundos, mientras que cualquier orador del Congreso cuenta el tiempo por periodos. 

Ganador de diversos premios de periodismo entre los que se cuentan, no para el ego, sino como muestra de la suma de experiencias, el del Círculo de Periodistas de Bogotá, los Simón Bolívar, los San Gabriel del Episcopado Colombiano, entre otros, Javier Darío Restrepo siempre tuvo la sensación de que al informar vivía existencias distintas a la suya. Llegar a un pueblo que estaba habitado solo por viudas, porque a todos sus esposos los había matado la violencia guerrillera, lo impactó, y lo llevó a reflexionar sobre el profundo respeto que merece el entrevistado.

  • Averigua qué fue lo que sucedió, pero no pongas a las víctimas a llorar ante la cámara, porque es tanto como utilizar comercialmente el sufrimiento ajeno, y eso es indigno. 

Javier Darío hace énfasis en el “formidable” instrumental tecnológico con el que cuentan las cadenas de televisión en la actualidad, mientras que él por mucho tiempo tuvo que esperar el “turnito” en Telecom para poder mandar el material vía satélite. La otra gran diferencia es el predominio de lo comercial en la televisión. En su época había un “cierto predominio político”, puesto que los noticieros se entregaban a los jefes partidistas.

  • Comparo la influencia que en esa época tenía lo político con la influencia de lo comercial hoy, y encuentro que los políticos eran inocentes. Claro que estoy hablando de un oxímoron al hablar de políticos inocentes. 

Publicó columnas de opinión en diarios nacionales como El Espectador, El Mundo, El País, y El Tiempo, donde también fue defensor del lector entre 1997 y 1999. De todas esas experiencias fue en El Colombiano, de Medellín, donde más tiempo desarrolló sus labores de columnista, diario del que salió después de 17 años por una anunciada “reorganización de las páginas de opinión”, una decisión que fue interpretada por él como una mentira piadosa, pues se volvió vox populi que la visión que tenía de los hechos políticos, especialmente del gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez, no era compartida por las directivas del medio antioqueño. En la actualidad sigue publicando su columna en el diario El Heraldo de Barranquilla.

  • Qué es opinión. Es un estado intermedio entre la certeza y la duda. El columnista está en la mitad, buscando absorber las dudas y llegar a certezas. Pero esa tarea de búsqueda es precisamente la que da lugar a la opinión. No hace bien su papel de columnista el que dogmatiza. Si yo digo que este gobierno es una peste o es impecable, los dos son dogmas. Lo que debo hacer es reunir elementos que le permitan al lector llegar a sus propias conclusiones.

Por eso su principio de actuación en el Consultorio Ético que dirige, no es declarar a alguien inocente o culpable. Para él, que también es maestro de la fundación de Gabriel García Márquez desde 1995, en la ética no hay más juez que uno mismo sobre sus propias acciones, una contradicción teniendo en cuenta que en muchas ocasiones los periodistas tienden a ser jueces.

  • Es que eso de sentirse magistrado y juzgando a los demás alimenta mucho el ego. Y si una debilidad tenemos los periodistas es que somos inmensamente arrogantes.

En medio de la conversación surge la necesidad de hablar del papel que están desempeñado los blogueros y cómo se conectan con la audiencia. Los blogs han permitido que se conozcan distintos aspectos de la opinión y que la gente se pueda expresar, recuerda quien también ha impartido clases en universidades como la Bolivariana de Medellín, de Antioquia, Javeriana y los Andes. Lo que era un monopolio del periodista, con los blogs ya hace parte de las posibilidades de cualquier ciudadano. Insiste, sin embargo, que el periodista tiene un compromiso adquirido con la opinión pública, y el bloguero solo tiene un compromiso consigo mismo.

Dos cosas en especial tienen confundidos a los periodistas hoy; por un lado el impacto de la crisis económica en los medios, que cada vez arroja más reporteros a la calle y no precisamente para hacer reportería, y por el otro, el choque con las gerencias de las organizaciones periodísticas, que tienden a orientar la información para mantener contentos a los clientes que les pautan. Un enfrentamiento que termina siendo muy doloroso, pues en el medio surge un debate entre el empleo que necesita el periodista y su conciencia.

  • Lo que sigue es conciliar los dos intereses. No tanto para hacer que uno de los dos disminuya su urgencia, gravedad o su sentido del deber, sino para analizar cómo hay unos elementos comunes y cómo el periodista puede llegar a cumplir su tarea sin entrar a deteriorar los intereses de la organización.

Javier Darío ya perdió la lista de todos los periodistas que ha capacitado en América Latina, y aunque nunca pisó una facultad para estudiar periodismo, pues siempre fue empírico, sí considera necesario que los estudiantes pasen por una facultad. Asegura que la universidad ayuda a organizar el pensamiento y brinda unos elementos no suficientes, pero necesarios, que se complementan después con la acción en las salas de redacción o en la calle.

  • La calle tiene unos componentes indispensables para hacer periodismo: el contacto, respirar el ambiente, estar con los otros, sentir las cosas (…). El periódico se hace gastando la suela de los zapatos, buscando la noticia. La información virtual le está haciendo perder humanidad al periodismo. 

Y para ser periodista, hay que ser mejor ser humano, una sentencia que aprendió del periodista que más ha admirado en su vida: Ryszard Kapuściński. No se pueden divorciar ambas condiciones.

  • Si eres un pésimo ser humano, fatalmente serás un pésimo periodista. 

Una condición que parte de la búsqueda por ser mejor cada día en todos los sentidos, y que tiene como motor la autocrítica y la crítica, algo en lo que insiste y para lo que se debe tener eso que Javier Darío considera un bien escaso por estos días: humildad. De tantas recomendaciones dadas, les sugiere a los periodistas ir haciéndose a una piel “durita”, que soporte escuchar que algo pudo haber sido hecho de mejor forma o que definitivamente se equivocó.

  • Cuando no te autocríticas te estancas. Y el estancamiento acaba con periodistas y medios de comunicación.

Tan definitiva como la autocrítica, resulta la transparencia en una organización periodística, la que compara con un carro sin vidrios polarizados. Más aún, un medio debe contarle con disciplina a sus lectores de dónde provienen sus ingresos y quiénes son los que más pautan. Y cuando pasa eso aumenta la credibilidad y, por consiguiente, la influencia.

  • ¿Qué es tener influencia? Es poder estar presente en el lugar donde se toman las decisiones: en la conciencia de las personas.

La ética, en definitiva, es según Javier Darío Restrepo un saber práctico. No es un asunto de discursos, de “sermoncitos”, de editoriales. No. Es de hechos. Una razón que podría explicar porqué el Nobel de Literatura colombiano era un hombre que Javier Darío Restrepo percibía como callado. Sabía el alcance que tenían sus palabras y supo resumir en una frase muy corta una de sus tantas genialidades:

  • En el periodismo la técnica y la ética siempre van juntas, son tan inseparables como el zumbido del moscardón.

Los dones de Javier Darío Restrepo

Alma Guillermoprieto, periodista, escritora y maestra de la FNPI

Darío Restrepo es un ejemplo de modestia, sencillez, sabiduría y generosidad. Con estos dones se ha regalado a los demás por generaciones enteras, y somos muchos –muchos de verdad– los que vivimos agradecidos por sus consejos y su ejemplo. 

Tiene, además, el gran don de la tranquilidad. Una vez nos tocó estar juntos en un festival literario en Ravenna, Italia. Para llegar había que hacer cambio de avión en Madrid. Como a mí alguna vez, a Javier Darío le toco perderse en el frío laberinto de Barajas, y perder en consecuencia el vuelo a Italia. Tuvo que esperar en el aeropuerto la noche entera. En la misma situación yo hubiera pataleado y lamentado mi desgracia una semana entera, pero cuando bajé a desayunar en el hotel de Ravenna a la mañana siguiente del percance de Javier Darío, me lo encontré sentadito en un asoleado rincón del restorán; ya bañado, rasurado y desayunado, y con su sonrisa suave de siempre.   

¡Pero Javier Darío! ¡Qué te pasó, por Dios! Pobrecito, ¡qué barbaridad! ¿Estás bien?

“Perfectamente”, contestó. “Fue una excelente ocasión para leer tranquilo, y las horas se pasaron volando”. Me gustaría parecerme, aunque fuera un poquitito, a él. 

Ginna Morelo, periodista y alumna de Javier Darío Restrepo

Un de las lecciones del maestro Javier Darío cuando impartió uno de sus talleres en El Meridiano de Córdoba fue: “Cuando avances, no mires al otro, ponte en su vestido”.

Muchos años después, al verme, me habló al oído y me dijo. “Te veo vestida de los demás”. “Solo lo intento, maestro”, le dije ruborizada.

Alberto Salcedo Ramos, escritor y maestro de la FNPI

Javier Darío Restrepo es un maestro, y por eso es necesario. Él nos orienta, nos da ejemplo, nos hace sentir siempre orgullosos del oficio. Javier Darío ha sido reportero, narrador, y además sabe conceptualizar sobre el oficio. Yo siempre que me lo encuentro pienso: qué lindo es ejercer un oficio donde uno tiene como referente a un profesional tan íntegro, tan perspicaz y tan hermoso. Una vez lo entrevisté en su casa y me contó esta historia: él estaba en Nicaragua cubriendo un conflicto. Un día se le dio por tomar agua cruda, y se enfermó. Cualquier periodista común hubiera tomado aquello como un simple gaje del oficio: Javier Darío, no: se sintió mal porque, según me dijo, él debería haber sabido que si tomaba esa agua podría enfermarse y dejar de cumplir su trabajo. Jamás he olvidado esa lección de humildad y de grandeza”.

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